27 jun. 2007

La naturaleza humana en el debate Foucault / Chomsky

Mi querido Teófilo,
¿Recuerda usted el extensísimo texto que le transcribí? Sobre el final de este texto Simone Weil considera que a pesar de la dificultad en definirlo, probablemente tenga sentido el término "naturaleza humana", y piensa que ésta "implica el poder de innovar, de crear, de superarse a sí misma."
En 1971 Foucault y Chomsky protagonizaron un debate que fue emitido por la televisión holandesa. Este debate constó de dos partes, la primera tuvo como eje el término "naturaleza humana" y aquí también Chomsky consideraría como inherente a la naturaleza humana la facultad de crear. La segunda parte fue la parte llamada "política" del debate y circula bajo el título "Justicia vs. Poder".
Espero disfrute tanto como yo de estos temas.
Con afecto siempre renovado.
Teófila.
P.D.: cuando ejecute el segundo enlace de los dos que incluí, preste atención porque se trata de un post-package; le sugiero seguir el orden de links indicados en este mismo.

26 jun. 2007

Digresión acerca de la explicación del cambio en las ciencias sociales


Cara Teófila,

Últimamente se la ve a vuestra merced muy interesada por las ciencias sociales -sus recientes y largas epístolas acerca de la explicación de la opresión en la historia, en la pluma de Simone Weil, así lo denotan. En particular motiva la presente la afirmación de este último acerca de "Las causas de la evolución social no deben buscarse ya sino en los esfuerzos cotidianos de los hombres considerados como individuos".

Volvamos sólo unos instantes a la cuestión del paso del medioevo al renacimiento en las ciencias. Una de las formas de explicar el cambio es entender los sistemas complejos como intrínsecamente creativos, es decir, generando continuamente nuevas posibilidades de las que sólo una pequeña parte sobrevivirá, haciendo evolucionar al sistema. Se quiere a veces encontrar en naturaleza algunos ejemplos, como la de un amplio gallinero cerrado en el que a las aves se les muestra el alimento al otro lado de la alambrada. Los animales, al azar, buscarán por todos medios de llegar a su objetivo. Si abrimos en algún lugar de la valla un hueco, finalmente alguna lo encontrará y lograrán salir. Si es una sola gallina tardará más en encontrarlo que si son muchas. Quedará para otra oportunidad intentar probar que el antropocentrismo renacentista provocó una meteórica multiplicación de las gallinas lo que aceleró el que algunas de ellas lograran en pocos siglos lo que desde la antigua Grecia no se había alcanzado.

La pérdida de interés en estudiar seres angélicos y fuerzas omnímodas se puede denominar al menos como la eliminación de una distracción que permite alcanzar objetivos más importantes. Por otro lado, la “democratización” del conocimiento que implicó la puesta del hombre en el centro del universo, la aparición de más instituciones y colectivos interesados en la investigación, el respeto a todo el saber existente (incluido el técnico) y por supuesto la imprenta, multiplicaron la cantidad de individuos deseosos de encontrar respuestas a las más variadas preguntas. No hay que olvidar que junto con las matemáticas floreció la alquimia y todo tipo de modelos no mecanicistas creció junto con los hoy reconocidos científicos. Y por supuesto, tener presente que la escolástica continuó al menos durante dos siglos impávida ante un mundo al que ya no reconocía. Podríamos entonces arriesgar que de ese caldo en ebullición, según una imagen que recuerda al pensamiento complejo de Prigogine (le adjunto un sello conmemorativo), salieron las bifurcaciones aleatorias y no necesarias, que incidieron sobre el mismo sistema, creando eso que se dio en llamar Ciencia Moderna.

Saludos afectuosos,
Teófilo.

24 jun. 2007

Simone Weil: Marx . Darwin.

Mi querido Teófilo,
Transcríbole aquí otro extenso párrafo de libro que ya le he nombrado:
Reflexionando sobre este resonante fracaso, que vino a coronar todos los otros, Marx llego por fin a comprender que no se puede suprimir la opresión en tanto subsisten las causas que la tornan inevitables y que esas causas residen en las condiciones objetivas, es decir materiales, de la organización social. Elaboró así un concepto de la opresión totalmente nuevo, no ya en tanto usurpación de un privilegio sino en tanto órgano de una función social. Esta función es la misma que consiste en desarrollar las fuerzas productoras, en la medida en que ese desarrollo exige duros esfuerzos y pesadas privaciones; y, entre ese desarrollo y la elaboración social, Marx y Engels percibieron relaciones recíprocas. Al principio, según ellos, la opresión se establece sólo cuando los progresos de la producción han provocado una división del trabajo lo bastante acentuada para que el comercio, la conducción militar y el gobierno constituyan funciones distintas. Por otra parte, una vez establecida la opresión provoca el ulterior desarrollo de las fuerzas productoras y cambia de forma a medida que este desarrollo lo exige, hasta el día en que, habiéndose convertido en una traba en lugar de una ayuda, desaparece pura y simplemente. Por brillantes que sean los análisis concretos con que los marxistas ilustraron este esquema, y aunque constituyen un progreso con respecto a las ingenuas indicaciones que reemplazó, no puede decirse que aclara el mecanismo de la opresión. Sólo describe parcialmente su nacimiento. Ahora bien, ¿por qué la división del trabajo se convertiría necesariamente en opresión? Nada permite, en manera alguna, esperar razonablemente este fin, pues si Marx creyó mostrar cómo el régimen capitalista termina por trabar la producción, ni siquiera ha tratado de probar que, en nuestros días, cualquier otro régimen opresivo la trabaría parcialmente; y además se ignora por qué la opresión no podría lograr mantenerse, aun una vez convertida en un factor de regresión económica. Sobre todo, Marx omite explicar por qué la opresión es invencible mientras es útil, por qué los oprimidos en rebelión no han logrado nunca fundar una sociedad no opresiva, sea en base de las fuerzas productoras de su época, sea aun al precio de una regresión económica que difícilmente podría aumentar su miseria; y en fin deja totalmente en la sombra los principios generales del mecanismo por el cual una forma determinada de opresión es reemplazada por otra.
Más aún, no sólo los marxistas no han resuelto ninguno de estos problemas sino que ni siquiera creyeron que debían formularlos. Les pareción haber explicado suficientemente la opresión social estableciendo que corresponde a una función en la lucha contra la naturaleza. Por otra parte sólo han mostrado esta correspondencia para el régimen capitalista; pero de todas maneras, suponer que tal correspondencia constituya una explicación del fenómeno es aplicar inconscientemente a los organismos sociales el famoso principio de Lamarck, tan cómodo como ininteligible, "la función cral al órgano". La biología comenzó a ser una ciencia el día que Darwin sustituyó este principio por la noción de condiciones de existencia. El progreso consiste en que la función no es considerada ya como causa, sino como efecto del órgano, único orden inteligible; el papel de causa es atribuido desde entonces sólo a un mecanismo ciego, el de la herencia combinado con las variaciones accidentales. Por sí mismo, a decir verdad, ese mecanismo ciego no puede sino producir al azar cualquier cosa; la adaptación del órgano a la función entra en juego para limitar el azar eliminando las estructuras no viables, no ya como tendencia misteriosa sino como condición de existencia. Y esta condición se define por la relación existente entre el organismo considerado y el medio, por una parte interte y por otra vivo, que lo rodea, y muy particularmente con los organismos semejantes que le hacen competencia. La adaptación es concebida entonces con relación alos seres vivientes como una necesidad exterior y no ya interna. Es claro que este luminoso método es válido no sólo en biología, sino en todas partes donde se encuentren estructuras organizadas qeu no han sido organizadas por nadie. Para poder hablar de ciencia en materia social sería necesario haber realizado con relación al marxismo un progreso análogo al de Darwin con relación a Lamarck. Las causas de la evolución social no deben buscarse ya sino en los esfuerzos cotidianos de los hombres considerados como individuos. Estos esfuerzos ciertamente no se dirigen a cualquier parte; dependen, para cada uno, del temperamento, la educación, las rutinas, las costumbres, los prejuicios, las necesidades naturales o adquiridas del ambiente, y sobre todo, en general, de la naturaleza humana, término que siendo difícil de definir, no carece probablemente de sentido. Pero dada la diversidad casi indefinida de los individuos, y sobre todo que la naturaleza humana implica entre otras cosas el poder de innovar, de crear, de superarse a sí misma, ese tejido de esfuerzos incoherentes produciría cualquier cosa como organización social si el azar no se encontrara limitado en ese terreno por las condiciones de existencia a las que toda sociedad debe conformarse bajo pena de ser subyugada o aniquilada.

Aguardo sus epístolas. Al pie figuran otros enlaces a otro tipo de sitios sobre Simone Weil.
Con afecto inclaudicable.
Teófila.
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Simone Weil: Presión / Opresión.

Mi querido Teófilo,
Escríbole hoy dos cartas en las que copio unos relativamente extensos párrafos del libro "Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social", Simone Weil, Premia Editora S.A., Tlahuapán, 1982, 3ra ed.
Hágole saber que a mi juicio este libro es de aquellos que exigen de por sí una lectura completa de principio a fin: tan bien encadenados me resultan los razonamientos en su escritura. Así, me ha ofrecido una no pequeña dificultad para ejecutar la operación de seccionamiento sin dejar de mantenerme en mi voluntad de no efectuar ex-profeso resúmenes -o similares- por mi parte. He optado por extenderme en la copia:
La palabra "revolución" es una palabra por la cual se mata, se muere, se envían las masas populares a la muerte, pero que no tiene ningún contenido.
Sin embargo, quizá pueda darse un sentido al ideal revolucionario si no en tanto perspectiva posible, al menos en tanto límite teórico de transformaciones sociales realizables. Lo que pediríamos a la revolución es la abolición de la opresión social. Pero para que esta noción al menos presente probabilidades de tener algún sentido hay que cuidarse de distinguir entre opresión y subordinación de caprichos individuales a un orden social. En tanto haya sociedad, esta encerrará la vida de los individuos en límites muy estrechos y les impondrá sus reglas. Pero esta presión inevitable no merece llamarse opresión en la medida en que, por el hecho de que provoca una separación entre los que la ejercen y los que la soportan, pone a los segundo a discreción de los primeros y acentúa de ese modo, hasta el aplastamiento físico y moral, la presion de los que dirigen sobre los que ejecutan. Pero luego de esta distinción, nada permite suponer de antemano que la supresión de la opresión sea posible o aun sólo concebible a título de límite. Marx vio muy bien, análisis cuyos alcances él mismo desconocío, que el régimen actual de la producción, es decir la gran industria, reduce al obrero a no ser más que un engranaje de la fábrica y un simple instrumento en manos de los que la dirigen; y es vano esperar que el progreso técnico pueda, por una disminución progresiva y continua del esfuerzo de producción, aligerar, hasta casi hacer desaparecer el doble peso de la naturaleza y la sociedad sobre el hombre. El problema es, pues, muy claro: se trata de saber si puede concebirse una organización de la producción que, aunque impotente para eliminar las necesidades naturales y la presión social que resulta de ellas, les permitiría al menos ejercerse sin aplastar bajo la opresión a los espíritus y los cuerpos. En una época como la nuestra, haber captado claramente este problema es quizá una condición para vivir en paz consigo mismo. Si se llega a concebir concretamente las condiciones de esta organización liberadora, sólo resta ejercer para acercarse a ella, todo el poder de acción, pequeño o grande, de que se dispone. Y si se comprende claramente que la posibilidad de tal modo de producción no es siquiera concebible, al menos se gana el poder resignarse legítimamente a la opresión, y dejar de creerse cómplice por el hecho de que no se hace nada eficaz para impedirla.

He visto en varios lugares puntear los links al pie de página, y he optado por seguir este modelo. Si así lo desea puede leer entonces algunos artículos de tipo enciclopédico pinchando en los enlaces que figuran al final de esta carta.
Con afecto.
Teófila.
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21 jun. 2007

Poemitas en "Mercaderes y Banqueros de la Edad Media"

Mi querido Teófilo,
Mientras aguardo aún, con una paciencia algo desesperanzada, algo desencantanda y muy obstinada, aquello que di en llamar "parte 2" de su última entrada, le envío estos recortes de unos poemitas muy bonitos:
"qu'il fait chaud et seri,
Que l'erbe es vert et rosier sont flori.
................................................................
Lors commecierent marcheant a errer
Qui les avoirs ont a vendre aporté,
Des le matin que il fu ajorné,
De si au soir que il fut avespré
Ne finent il de venir ne d'aller,
Que tote en fu emplie la cité.
De fors la vile se loge e mi le pré,
Et ont lor tres et paveillons fermez."
(Cuando hay tibieza y calma, es verde la hierba y los rosales están en flor. Entonces empiezan a errar los mercaderes que trajeron sus bienes para la venta, desde la mañana, al nacer el día, hasta la tarde en que anochece, no cesan de ir y venir y llenan la ciudad. Fuera de los muros se instalan en el prado, y establecen sus tiendas y pabellones.)
"Si sont li changeurs en la tire
Qui davant eulx ont leur monnoye:
Cil change, cil conte, cil noie,
Cil dit: "C'est voirs", cil: "C'est menconge."
Onque yvres, tant fust en songe,
Ne vit en dormant la merveille
Que puet cy veoir qui veille."
(Esta es la fila de los cambistas que ante sí tienen sus monedas: este cambia, este cuenta, este limpia, este dice: "Es verdad", aquél: "es mentira". Jamás ebrio, ni siquiera en sueños, vio dormido la maravilla que aquí puede ver quien vela.)
"C'ont doit les marchéanz
Deseur toute gent honorer;
Quar el vont par terre et par mer
Et en main estrange pais
Por querre laine el vair et gris.
Les autres revont outre mer
Por avoir de pois achater,
Poivre, ou canele, ou garingal."
(Por sobre todas las gentes se debe honrar a los mercaderes; pues van por tierras y mares y a tan extrañas comarcas para obtener lanas y pieles. Otros cruzan el mar para comprar pimienta, o canela, o galanga.)

Pequeños recortes de genéros medievales: "roman", "chanson", "lais", los extraje del libro de Jacques Le Goff citado en el título de esta entrada, y así como deseé fuesen de su agrado las imágenes de Magritte que le hice llegar, anhelo guste de estos versos.
Con afecto
.
Teófila

17 jun. 2007

En un encuentro con un belga: "Ceci n'est pas une pipe"


Mi querido Teófilo,
Hace unos días conocí a un músico belga entusiasta admirador de Magritte. En un corto encuentro relatamos a nuestros contertulios los cuadros de La traición de las imágenes y recordamos el bello ensayo que Michel Foucault le dedicase.
Espero le agraden las imágenes y textos.
Con afecto.
Teófila.

12 jun. 2007

La Revolución por antonomasia

Entusiasta Teófila,

Ya que noto a vuestra merced tan interesada en el asunto del progreso, le envío un breve texto extraído de una Summa Philosophiae Naturae acerca de la llamada revolución científica, con la correspondiente glosa que corre exclusivamente bajo mi responsabilidad.

El Texto
“¿Hubo de veras una “revolución científica” durante el siglo XVII? Tradicionalmente, la respuesta a esta pregunta ha sido un sí rotundo. Según este parecer, los cambios fundamentales que se produjeron en los diversos modos como la cultura occidental examinaba el universo, y los métodos utilizados para indagar sobre el mismo durante ese período, fueron tan radicales que merecen ser calificados de revolucionarios. No sólo eso, sino que esos cambios tuvieron tal impacto en nuestro conocimiento del cosmos y el lugar que ocupamos en él que deberían ser considerados excepcionales. En otras palabras, lo que aconteció en el siglo XVII no fue solamente una revolución científica sino la revolución científica. Partiendo de esta perspectiva, lo que sucedió durante esa revolución fue nada menos que el nacimiento de la ciencia moderna. Por eso, si este enfoque histórico es correcto, los grandes nombres que asociamos a la revolución científica –Copérnico, Descartes, Galileo, Kepler y Newton –tienen legítimo derecho a ser considerados los padres de la ciencia moderna. No sólo hicieron grandes descubrimientos y formularon teorías nuevas, sino que también introdujeron un nuevo método –el método científico que nos proporcionó un conocimiento seguro y fiable del mundo que nos rodea.” En Peter J. Bowler e Iwan Rhys Morus (2007): Panorama general de la ciencia moderna. Barcelona: Crítica. P. 31
Contenido
El texto propuesto pone en la mesa la pregunta de que si la por todos conocida “revolución científica” fue tal, proponiendo a continuación la justificación de la mayoritaria defensa de esta proposición. Aunque Bowler y Rhys Morus en el libro del que procede el extracto pongan luego en entredicho la afirmación, en este comentario nos ceñiremos sólo al contenido del párrafo seleccionado.
El eje sobre el que tradicionalmente se asientan los defensores de la posición revolucionaria es los cambios que se produjeron en el abordaje que realiza la humanidad a partir de entonces del Universo físico fueron lo suficientemente radicales para poder estampar el sello de revolución científica. Es más, nuestros autores proponen además a consideración la más acérrima defensa de estas posturas al recalcar que se llega a decir que por la calidad excepcional de los cambios ocurridos en el siglo XVII se debería considerar la revolución científica por antonomasia.
Siguiendo con el razonamiento los científicos habitualmente asociados a la revolución –Copérnico, Descartes, Galileo, Kepler y Newton– son efectivamente los padres de la ciencia moderan. Este título les cabría en su sombrero no sólo por las nuevas teorías sino por la utilización del método científico que tantas satisfacciones a ha dado a la humanidad al brindar un conocimiento “seguro y fiable” del mundo que nos rodea.

Acerca del lenguaje

Si bien en la extensión del texto propuesto no apreciamos opinión contraria, parece bastante evidente que los autores no comparten el fondo de la cuestión, principalmente por el lenguaje plagado de aclaraciones en cuanto a que las afirmaciones son siempre hechas por terceros: “según este parecer”, “partiendo de esta perspectiva”; o incluso condicionales lógicos “si este enfoque es correcto”. Podemos destacar otra argucia retórica que en este caso consiste en atacar una opinión identificándola con sus posiciones mas extremas, por ejemplo cuando se propone que la citada es en sí misma el paradigma mismo de las revoluciones. Recuerde que ya le he enviado algunas líneas acerca de la posición de Kuhn sobre las revoluciones, sobre la posibilidad de un progreso científico y que también le he comentado algunos de los cambios fundamentales de la época moderna.

Consideraciones finales

Los autores del texto hacen referencia a lo que es la visión generalmente aceptada de la revolución, entonces citan entre los autores fundamentales a los relacionados con la matematización del mundo, dejando de lado a otros personajes como Vesalio que en diversos campos produjeron cambios igualmente importantes. Creo que es importante puntualizar que a la hora de analizar procesos humanos ha sido una constante el realizar generalizaciones que dejan mal cubiertas las implicancias de los distintos sujetos. Dicho más claramente, es más fácil explicar como revolución que como proceso paulatino, aunque sea prácticamente imposible establecer la frontera que separa los dos lados de la revolución. Justamente el de revolución es un término mucho más fácil de asimilar a cambios de regímenes políticos que a procesos sociales.

Espero que lo largo de mi glosa no le quite mérito.
Crea en mi sana simpatía,
Teófilo.

11 jun. 2007

Sobre la posibilidad de progreso científico

Cara Teófila,

Hace unos días me transmitió en sendas notas la preocupación de su merced acerca de la posibilidad de un progreso.

Para preguntarnos sobre la posibilidad de progreso en la ciencia puede ser importante limitar los alcances de este progreso al ámbito exclusivo de la ciencia. Una forma de hacerlo es negarle a la ciencia la tarea de contribuir a la ética. La ciencia puede colaborar con el progreso humano, pero este se produce por otras vías, si es que existe. Cómo dice Baruch Espinosa en sus tertulias: “Evolución no es igual a Progreso, esto no es Disneylandia”. Estas salvedades sólo pueden parecer redundantes si no se tiene en cuenta que desde la Revolución Industrial y hasta hoy se ha asimilado irresponsablemente el progreso científico y tecnológico con el humano.
Las nociones de progreso científico pueden separarse en tres. Por un lado, el progreso institucional, que abarca los aspectos económicos, organizativos y profesionales. Por otro lado está el progreso metodológico, que son los nuevos métodos de investigación o el uso de instrumentos científicos más precisos. Finalmente se habla de un progreso cognitivo, es decir, el incremento del conocimiento científico.

¿Se puede hablar de progreso en Kuhn?
El progreso es según la RAE la Acción de ir hacia delante, Avance, adelanto, perfeccionamiento. Para saber si existe progreso en la noción de Kuhn (ver retrato) podríamos retrotraernos a la antigua preocupación griega de buscar ese algo que permanece para explicar el cambio. En este caso esta sustancia de la ciencia no pueden ser las teorías, ya que estas se reemplazan viejas por nuevas, no dejando punto de comparación para una valoración acerca de un eventual perfeccionamiento. En cambio, si elegimos mirar a los resultados de las teorías científicas, evidentemente podemos hablar de progreso, ya que luego de una revolución, el nuevo paradigma resuelve un número mayor de anomalías, dando una visión más útil del mundo.

Espero haber dejado meridianamente claras mis puntos de vista al respecto.
Crea en mi cariño hacia su merced,

Teófilo,

7 jun. 2007

De Diderot una "Vida de Séneca"

Mi querido Teófilo,
Un perro gustó de la edición que obraba en mi poder de una obra de Diderot muy interesante. El título original de esta obra es "Essai sur la vie de Sénèque le philosophe, sur ses écrits et sur les règnes de Claude et de Néron", y la edición que yo poseía tenía por título "Vida de Séneca" y como estaba un tanto gastada por los años y las manos había adquirido un sabor particularmente agradable para aquel perro puesto que tres veces osó degustarlo haciendo caso omiso de las fuertísimas reprimendas con las que se intentó contenerlo en su gusto.
Las primeras páginas eran particularmente deliciosas y yo no me cansaba de leerlas y releerlas. El perro las devoró. No intacto, pero sí legible quedó la segunda mitad del libro. De entre estas páginas entonces conservadas, extraigo estas citas:
¿Es por nuestras costumbres o por las del tiempo como conviene apreciar las acciones? ¿No hay ninguna diferencia entre la virtud de un siglo y la de otro, entre la virtud de la corte y la de un claustro?
La filosofía se resiente más o menos de las circunstancias. El duelo, que no es más que un asesinato atroz, ¿tiene, a los ojos de los moralistas más severos, ese carácter abominable en una región donde, por un gesto, por una palabra, unas ideas de honor extrañas ordenan, so pena de ignominia, degollar o ser degollado?
(...)
Ignoro vuestra edad; no siento ninguna repugnancia en suponeros costumbres puras. Pero si fuerais joven y un poco libertino y uno de nuestros graves ciudadanos os sorprendiera a la caída de la tarde, con la cabeza envuelta en vuestra capa, entrando en un lugar sospechoso, o saliendo de él, ¿os dirigiría la divina pregunta de Catón: "Muy bien, hijo mío, persistid en la cordura, Macte virtute esto? En vez de precipitaros sobre la mujer de otro, es ahí donde hay que ir a extinguir el calor que os atormenta..."
(...)
No se prestan al vicio; Séneca no entregó a Nerón la cortesana Acté, sino que opuso los celos de esta mujer a la pasión de un hijo por su madre: este es un hecho que no está permitido ignorar ni desfigurar. Y aunque fuera de otro modo, ¿qué mal habría en prevenir una fechoría por medio de la indulgencia con una debilidad? Si Séneca y Burro no impidieron que Nerón repudiara a Octavia es que no pudieron hacerlo: no se ordena la cordura a un soberano lo mismo que a un niño.


Mis eternos afectos para usted.
Teófila.

5 jun. 2007

Una versión por Aldo Oliva del Carmen VIII de Catulo

Mi añorado Teófilo,
Al observar cómo se ha tomado el trabajo de ordenar nuestra correspondencia acumulada etiquetando cada epístola, posé mi ojos en una de las primeras cartas que escribí para usted. En ella mencionaba a uno de mis poetas más queridos, a Catulo, pero no le enviaba ningún texto suyo.
Hoy, entonces, elijo este carmen VIII:
Miser Catulle, desinas ineptire,
et quos vides perisse perditum ducas.
Fulsere quondam candidi tibi soles,
cum ventitabas quo puella ducebat
amata nobis quantum amabitur nulla.
Ibi qua multa tum iocosa fiebant,
quae tu volebas nec puella nolebat.
Fulsere vere candidi tibi soles.
Nun illa iam non vult: tu quoque impotens noli,
nec quae fugit sectare, nec miser vive,
sed obstinata mente perfer, obdura.
Vale, puella. Iam Catullus obdurat,
nec te requiret nec rogabit invitam:
at tu dolebis, cum rogaberis nulla,
scelesta, vae te, quae tibi manet vita?
Quis nunc te adibit? Cui videberis bella?
Quem nunc amabis? Cuius esse diceris?
Quem basiabis? Cui labella mordebis?
At tu, Catulle, destinatus obdura.
De este carmen encontrará innumerables versiones y traducciones; yo hoy elijo esta versión hecha por Aldo Oliva:
Abandona el ridículo, desdichado Catulo;
y lo que ves que ha muerto
considera perdido.
Un tiempo, albos,
ardientes rayos de un sol,
al fulgurar, tú poseías,
cuando pertinaz,
en la muchacha,
succionado, recaías:
la que amamos cual ninguna
deber ser amada.
Allí,
en donde los copiosos
goces resurgían:
los que tu deseabas
y a la muchacha no desencantaban.
Ciertamente, poseías el fulgurar
de un sol, rayos
albos, ardientes.

Ahora, ya ella no lo quiere;
tú, entonces, impedido, tampoco.
No aceches a quien huye, ni agobiado vivas,
sino con ánimo obstinado, paciente,
resiste.
Adiós muchacha. Ya resiste Catulo,
no te persigue -violentándote- ni ruega.
Mas, no hallándote rogada,
dolorida estarás.
Ay de ti, pérfida! Qué vida te reservas?
Quién ahora se te ofrenda?
Por quién bella eres vista?
A quién hoy amarás? De quién
se dirá que perteneces?
A quién has de besar? Qué labios morderás?
Pero, tenaz, tú, Catulo,
resiste.
Excelente!
Con grandísimo afecto.
Teófila.
P.D.: Le haré llegar también una versión recitada en latín.

4 jun. 2007

Algunos cambios fundamentales de la época moderna

Teófila de mi corazón,

Continuando ordenando mis notas sobre la ciencia entre el medioevo y la modernidad, le comento algunos cambios fundamentales de la época moderna.
  • La naturaleza de los modernos es distinta a la de los medievales, no existiendo en los primeros las diferencias aristotélicas del tipo cuerpos naturales y cuerpos artificiales.
  • Los modernos se interrogan sobre la naturaleza en condiciones artificiales, mientras que los medievales se refieren al mundo cotidiano con el fin de ejemplificar teorías de carácter religioso.
  • Los modernos exploran un nuevo universo, los medievales profundizan sobre un saber ancestral.
  • El uso del denominado método científico o experimental, en el cual se realizan observaciones y se proponen hipótesis para formular leyes o principios que definan esos comportamientos. Los científicos modernos actúan con una “desenvoltura y un oportunismo metodológico que son totalmente desconocidos para la tradición medieval”. Los escolásticos tenían una exigencia de exactitud absoluta que funcionaba con un verdadero boicot del avance científico, mientras que los modernos no se interesaban por esta precisión ideal y sí por lograr dar soluciones satisfactorias con los instrumentos disponibles, algo mucho más asequible y que permitía dar pasos firmes.
En los próximos días le daré algún tipo de cierre a todo este asunto.
Saludos atentos,

Teófilo,

PD: Acerca de este asunto, puede leer "El nacimiento de la ciencia moderna en Europa" de Paolo Rossi

3 jun. 2007

Acerca de las revoluciones científicas

Paciente Teófila,

He escrito algunas notas sueltas sobre el paso del modelo científico del medioevo al renacimiento:

T. S. Kuhn
en Estructura de las revoluciones científicas dice que los científicos practican la ciencia dentro de un paradigma, de un conjunto de creencias recibidas que guían sus observaciones y experiencias. Es, pues, la comunidad científica la que elabora la ciencia normal, que defiende su posición suprimiendo innovaciones subversivas para sus compromisos básicos. Cuando las anomalías subvierten la tradición, se inician investigaciones extraordinarias que conducen a un nuevo conjunto de compromisos. Se ha producido una revolución científica con la reevaluación de los hechos anteriores. Es la comunidad científica la que determina el verdadero progreso científico.
Para probar la caracterización kuhniana existen diversos hechos históricos, como la transición de la física de Aristóteles a la de Newton, la de la teoría química del flogisto a la química del oxígeno o la de la mecánica newtoniana a la teoría general de la relatividad.
También hay desarrollos históricos revolucionarios que tienen lugar sin la necesidad de que se produzca una acumulación de anomalías. Es el caso de la llamada “revolución copernicana”, ya que el paradigma tolemáico anterior no presentaba esa acumulación de anomalías.

Con este ejemplo se puede al menos poner en duda la existencia de una revolución científica unitaria en la edad moderna, ya que Kuhn hablaría al menos de dos revoluciones, una en la astronomía y otra en la física, lo cual no niega el carácter revolucionario de la época pero sí lo matiza.

Espero que un cierto aire de extemporáneo en estas burdas notas no sean interpretados como una falta al sentido de caballería. A medida que las vaya ordenando el resto de mis notas, se las enviaré.

Suyo invariablemente,

Teófilo.

2 jun. 2007

La importancia de llamarse Almagesto

Cara Teófila,

Lamento haberme ausentado durante tanto tiempo. Las obligaciones terrenales impidieron tratarla como es debido. Hice un pequeño comentario relacionado con el Almagesto, espero no abrumarla con la longitud del mismo. El texto que me interesó es el que sigue:

Tenemos la fortuna de haber recibido una parte sustancial de la obra de Ptolomeo, su libro fundamental Almagesto, que ya hemos citado por su nombre transmitido por la tradición árabe. Su nombre original debía de ser Gran composición matemática de la astronomía, y el nombre árabe de Almagesto es una yuxtaposición del artículo árabe Al y la corrupción del adjetivo griego “mayor”, el mayor de los libros o el mayor de los libros de astronomía. En realidad, se trata de uno de los documentos más importantes de la ciencia del mundo antiguo que ha llegado hasta nosotros. (...) Ptolomeo nos ofrece el modelo matemático de los movimientos solares, lunares y planetarios más antiguo de que disponemos. Sólo conocemos los modelos anteriores, bien a través de referencias fragmentaria o precisamente por lo que se nos dice en el Almagesto. En realidad, a lo largo de la obra formula siete problemas independientes para cada uno de los astros errantes, y los resuelve de una forma separada, con el fin de dar cuenta de sus movimientos observables desde la Tierra. Pero Ptolomeo no trataba de dar una mera descripción de tales movimientos, sino que más bien pretendía ofrecer un modelo que, además de dar cuenta de ellos, permitiera prever los movimientos futuros, y poder calcular cómo se habían dado en el pasado. La hipótesis de trabajo básica para formular un modelo semejante se basaba en la idea de que el cosmos era estable, que desde su origen se había movido de la misma forma y que en el futuro debía comportarse del mismo modo que en el presente. Esa hipótesis acerca de la monotonía del cosmos perduró más que el propio modelo de Ptolomeo y se mantuvo activa casi hasta nuestra época. Sólo cambió en las primeras décadas del siglo XX. Javier Ordóñez
Contenido
El texto introduce a la principal obra de Ptolomeo, el Almagesto, dando las claves de su influencia en el desarrollo científico posterior. Comienza destacando la fortuna de que podamos contar con ese texto, dado que la mayoría de los textos de aquellas época están perdidos y que los criterios que han ido transmitiendo algunos textos sí y otros no a lo largo del tiempo son lo suficientemente distintos a los actuales como para que podamos considerar fortuito que lleguen a nuestros días. Explica el derrotero seguido por el nombre, que debió ser en el original griego Gran composición matemática de la astronomía, pero que al ser traducido al latín desde el árabe nos llega influido por este.
A continuación, centra la importancia del documento en que nos presenta dos conceptos fundamentales. Primero, que es uno de los modelos matemáticos más antiguos de los movimientos celestes, recordando además que los modelos anteriores sólo nos llegan fragmentariamente o a través del mismo Almagesto. En segundo lugar, destaca la hipótesis que subyace en la obra acerca de la monotonía del cosmos, que perduró hasta las primeras décadas del siglo veinte, cuando entonces el mismo Einstein aún defendía la estabilidad del Universo. Es decir que esta hipótesis, como apunta correctamente el autor, supervivió incluso mucho más que el propio modelo tolemaico, el cual cae a partir de lo que se dio a denominar revolución copernicana.
La importancia científica del Almagesto radica en su alta capacidad no sólo de explicar movimientos pasados sino de prever los futuros. En esto radica la importancia que le dieron los árabes, que precisaban precisiones astronómicas para poder realizar correctamente tradiciones religiosas. De todos modos, que haya pervivido el texto en el mundo árabe y no en el latino no es sólo a causa del credo sino también por las condiciones económicas y políticas que permitieron el desarrollo de la ciencia en el mundo musulmán mientras que en Occidente se intentaba simplemente contener las pérdidas de conocimiento a través de estados minúsculos y en continuas guerras. El Almagesto, por ejemplo, se tradujo desde el griego al árabe con el apoyo de gobernantes que actuaban como mecenas.

Salvar las apariencias
El Universo es el que defiende Tolomeo en el Almagesto no es otro que el que postuló Platón en el Timeo, y en que luego se extendió Aristóteles. Al final de su vida, el fundador de la Academia ofrece una reflexión acerca de qué puede ser la totalidad del cosmos, de los astros y de los conocimientos que podemos tener de ellos. La totalidad de lo formado no puede corromperse: debe adquirir una forma perfecta, esférica, que es la más bella de todas las posibles. El Demiurgo hizo los planetas y las estrellas fijas, que describen círculos que sin embargo parecen caóticos al ojo humano. No todos tienen los mismos períodos de revolución. Las anomalías que ofrecen a la vista del “imperfecto observador” debían ser resueltas mediante la combinación del movimiento de esos círculos, en lo que se denominó “salvar las apariencias”. La cuestión será retomada con mucha más fuerza por Aristóteles quien determinará justamente que el espacio sublunar, por debajo del cual los cuerpos están sometidos a generación y corrupción y el supralunar, que es el espacio de los movimientos perfectos (circulares) y de los cuerpos perfectos (esferas), una concepción que perdurará indiscutida durante siglos y al que Ptolomeo le dará sentido matemático, en un modelo conocido actualmente como aristotélico-tolemaico.

Consideraciones finales
En el nombre no sólo destaca la raíz griega mega (“gran”) sino la de “composición matemática” que nos permite hacer una importante matización: el Almagesto es una obra eminentemente matemática de la que, además, se pueden extraer conclusiones físicas. Las matemáticas aparecen entonces como el lenguaje por excelencia para descubrir el mundo. De alguna manera se intentaba emular los Elementos de Euclides, mostrando una naturaleza compuesta por objetos geométricos. Con la magna obra tolemaica queda además establecido definitivamente el valor y la confianza en la lógica aristotélica, para la cual si se dan por ciertos los principios, las conclusiones serán necesarias, algo que apasionará centurias después a los escolásticos. Aunque esto implique por ejemplo que si se acepta el principio de que todos los objetos celestes se mueve en un círculo perfecto y a velocidad constante, entonces la única explicación de las variaciones del sol en velocidad angular que observamos es que nosotros no nos hallamos en el centro exacto del círculo por el que el Sol evoluciona.

Hasta luego Teófila, espero poder verla pronto,
Teófilo.