11 dic. 2005

Lo Grotesco de la Divina Comedia del Dante

Beatísima Teófila:
Acabo de "terminar" de leer la más grande de la vasta obra de Dante, y Vd. me permitirá la licencia de las comillas. Es que una vez salido del infierno, para visitar el Purgatorio y el Paraíso, Dante me ahoga con sus intentos de describir la Belleza, la Luz, la Santidad. Mi espíritu amigo de la Siniestra Verdad no puede resistir tanta Prolija Belleza y pasó las páginas como quien estuviera urgido por utilizarlas para encender un purificador fuego.
A ver si puedo echarle un poco de luz al asunto. La Divina Comedia de Dante Alighieri, consta de 3 Cantos: el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. El poeta florentino visita estos lugares acompañado primero por Virgilio y luego por su amada Beatriz; una obra con el lenguaje del naciente humanismo y la venganza personal de Dante hacia sus terrenales enemigos. Pero sobre todo, una obra que no resiste la reseña en este lenguaje epistolar tan nuestro, por su medieval espíritu de intentar abarcarlo todo, dejando estas pocas palabras al descubierto en su torpe irrisión. No quiero extenderme más, pero como Vd. ya adivinará fui atrapado por las imágenes grotescas del Infierno, esas que ahora nos suenan comunes, los imaginativos suplicios del infierno o la cínica y perversa tontería de los diablillos de poco monta, como la copla folcklórica argentina que rezaba graciosamente:
Un diablo se cayó al fuego
otro diablo lo sacó
y otro diablo se preguntaba
Cómo diablos se cayó?

La dejo igualmente con una cita, elegida como vívida imagen de la desolación de este libro titulado originalmente como "Comedia" a secas. La traducción que he elegido es en prosa, y no en verso tal cual la escribiera el Poeta de la gran nariz.
A sus órdenes,
Teófilo

"Me quedé para ver aquella gente, y vi algo que temería contar sin más pruebas, a no ser porque la conciencia, buena compañera del hombre, me defiende al sentirse pura. Y la verdad es que vi, y aún parece que lo veo, andar un tronco sin cabeza igual que andaban los demás del triste grupo, llevaba la cabeza cogida por los cabellos, colgando de la mano a modo de linterna; y ella nos miraba y decía:
-Ay de mí!
(Extracto de "La Divina Comedia", Infierno, Canto XXVIII)

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