3 oct. 2006

Marguerite Yourcenar: Mishima o la visión del vacío

Cara Teófila,

Por ese extraña dificultad que plantea a veces coger los libros necesarios para el progreso académico, busqué en mi magra biblioteca alguno que no tuviera la más mínima utilidad formal. Encontréme entonces con uno de los últimos obsequios que Vd. me hiciere, el ensayo sobre el escritor japonés Yukio Mishima de vuesa querida Marguerite Yourcenar.

Debo decirle que sus párrafos no terminaban de convencerme. A veces las problemáticas de corte psicológico suelen mostrárseme algo farragosas, así cómo los análisis de obras que no he leído, por mi poca paciencia antes las opiniones que no puedo rebatir. Sin embargo, mantuve cierto interés tal vez por el morbo de conocer los detalles de un suicidio cuyo sabor promete Marguerite desde las primeras páginas, a lo que se sumaba mi inveterado interés por las biografías de todos aquellos que luchan denodadamente por salir del vacío de un ADN nunca suficientemente diferenciador. O eso creí durante 130 páginas en las que no esperaba más que cierto exotismo de una escritora cosmopolita y misteriosa, hasta que en las últimas páginas el título se volvió estremecedor: “La visión del vacío”. Un alegato al polvo, dos cabezas cortadas, esa muerte de Mishina que en su gratuidad tan absoluta nos quita incluso la autocomplacencia de juzgarla inútil para así calmar nuestra conciencia. Y el regalo de un impresor descuidado o absolutamente delicado que nos entrega al final del libro dos hojas en blanco, las páginas más vacías que he leído desde que un colombiano bonachón cerrara su novela recordando la antigua admonición de que al último “se lo están comiendo las hormigas....

Teófilo

1 comentario:

Teofila dijo...

Mi querido Teófilo,
De Yourcenar aprecio su tallado, su lumbre y la sustancia. Como bien usted dice la visión del vacío en "Mishima o la visión del vacío" es total y espléndida.
Bien, no es de mi ánimo abundar hoy en Yourcenar. Prefiero leer desnuda y extasiarme ante tanta belleza: "Cuando estaba en éxtasis, un mundo de metáforas se materializaba ante sus ojos. La oruga hacía encajes con las hojas del cerezo; un guijarro lanzado a través de robles esplendorosos volaba hacia el mar. Las garzas perforaban la ajada sábana del mar embravecido para buscar en el fondo a los ahogados. Los duraznos se maquillaban suavemente entre el zumbido de insectos dorados; el aire, como un arco de llamas tras una estatua, giraba y se retorcía en torno a una multitud que trataba de escapar. El ocaso presagiaba el mal: adquiría la oscura tintura del yodo. Los árboles de invierno levantaban hacia el cielo sus patas de madera. Y una muchacha estaba sentada junto a un horno, su cuerpo como una rosa ardiente. Él se acercaba a la ventana y descubría que era una flor artificial. Su piel, como carne de gallina por el frío, se convertía en el gastado pétalo de una flor de terciopelo.

Cuando el mundo se transformaba así era feliz. No le sorprendía que el nacimiento de un poema le trajera esta clase de felicidad. Sabía mentalmente que un poema nace de la tristeza, la maldición o la desesperanza del seno de la soledad. Pero para que este fuera su caso, necesitaba un interés más profundo en sí mismo, algún problema que lo abrumara. Aunque estaba convencido de su genio, tenía curiosamente muy poco interés en sí mismo. El mundo exterior le parecía más fascinante. Sería más preciso decir que en los momentos en que, sin motivo aparente era feliz, el mundo asumía dócilmente las formas que él deseaba."
Cuando el mundo se transforma así, por obra de tales manos -las de Yourcenar, las de Mishima - yo, yo, mi amigo, soy feliz.
Inmensos cariños para usted.
Teófila.