20 nov. 2006

Flavio Josefo y ciertas formas de la muerte (final)

Mi querido Teófilo,
Sé que la lectura del extensísimo discurso que vengo hoy a terminar de transcribir se volverá harto incómoda por no contar con la fluidez de las páginas. Pero creo que si se aviene en disponer todos los pertrechos para gozar una hora de su tiempo sin nada ajeno que perturbe su tranquilidad y atención podrá realizar la lectura sin pausa de estas cinco epístolas, que bien podrían reunirse bajo un mismo acápite si algún otro quisiese redactarlo. Así, con esa disposición serían sorteadas las dificultades técnicas imbricadas en el soporte de las epístolas...
No le distraigo más con mis disquisiciones y consideraciones. He aquí el final del discurso:
"Sabéis que no hubo ciudad siria que no acuchillase a los judíos con más crueldad que los romanos. Incluso los damascenos, sin pretexto alguno, llenaron su población de cadáveres de nuestra gente, degollando a dieciocho mil judíos con sus mujeres e hijos. Los muertos y atormentados en Egipto sabemos que fueron más de sesenta mil. Perecieron en tierra extraña sin que nada se opusiese a los enemigos. ¿No teníamos sobradas razones para esperar la victoria los que luchamos contra los romanos en nuestro país? Poseríamos armas, murallas, fortalezas inexpugnables y valor para defender nuestra independencia, por la que nos sublevamos. Pero estas ventajas no nos bastaron más que por corto tiempo y solamente inflamaron nuestras esperanzas antes de acabar siendo el origen de nuestras miserias. Todo fue a parar a las manos del enemigo como para hacer más glorioso su triunfo, y no para salvación de quien lo había preparado. Sin duda son bienaventurados los que murieron en la guerra, porque cayeron defendiendo, y no traicionando, su libertad. ¿Y quién no tendrá compasión de la enorme muchedumbre sojuzgada por los romanos? ¿Y quién no se apresurará a morir antes que sufrir sus mismas desventuras? Algunos perecieron en el potro, bajo los azotes o en el fuego; otros fueron medio devorados por las fieras, y reservados para ser devorados del todo, a fin de que nuestro enemigo se ría y se divierta. Y los que viven aún son más desgraciados que ellos, porque ansían una muerte que no llega. ¿dónde está la gran ciudad, la metrópoli de la nación judía? Muchos muros la rodeaban, muchas fortalezas y altas torres la defendían, apenas tenía cabida para tantas armas y sus defensores se contaban por decenas de millar. ¿Dónde está la ciudad convencida de que Dios habitaba en ella? De raíz ha sido destruida, y sólo tiene un monumento: el campamento de sus destructores que se yergue sobre sus ruinas. Algunos desventurados ancianos se revuelcan en las cenizas del templo, y hay algunas mujeres con vida para que el enemigo cometa sus torpezas. ¿Quién rumiará estas cosas y se sentirá con fuerzas para ver la luz del sol, aunque viva exento de peligro? ¿Quién es tan enemigo de su patria o tan poco viril que no se arrepienta de haber vivido hasta ahora?¡Ojalá hubiésemos muerto antes de presenciar la ciudad demolida por manos hostiles y el santo templo borrado de la faz de la tierra! Pero ya que nos había animado la ilusión de poder vengarnos, advertid también ahora que, siendo todo vano, salvo nuestra desesperación, debemos morir con bravura. Apiadémonos de nosotros mismos, de nuestras mujeres y de nuestros hijos mientras podemos. Nacimos para fallecer y para lo mismo nacieron los que engendramos. Los fuertes no evitarán la muerte. No es natural ni obligado que abusen de nosotros, que nos esclavicen, y que nuestras mujeres y nuestros hijos sufran afrentas. Esto lo toleran los cobardes que no eligen la muerte que en su mano tienen. Nos rebelamos contra los romanos confiados en exceso en nuestra valentía y no prestamos oídos a sus invitaciones de salvación. ¿Por ventura existe alguien que niegue su ira contra nosotros si nos toman vivos? ¡Desdichados serán los jóvenes cuyo robusto cuerpo soporte los tormentos! ¡Desventurados serán los hombres maduros incapaces de soportarlos! Tendrán que oir con las manos atadas la voz de su hijo pidiendo socorro. Pero nuestras diestras están libres aún, sostienen una espada que reclama ser empleada con gloria. ¡Burlemos, pues, la esclavitud! ¡Salgamos de este mundo en libertad con nuestras familias! Lo exigen nuestras leyes, lo impetran nuestros hijos y nuestras esposas. Dios nos ha puesto en tal necesidad. Los romanos, por el contrario, temen que muramos antes de que nos capturen. Apresurémonos, pues, a dejarles, en lugar del gozo que esperan en perjuicio nuestro el estupor por nuestra muerte y la admiración por nuestro valor."
Mis cariños para usted.
Teófila.

17 nov. 2006

Flavio Josefo y ciertas formas de la muerte (cont)

Mi querido Teófilo,
Continúo pues con el discurso que le estoy transcribiendo desde hace varias epístolas ya (1, 2, 3):
"Supongamos que nos hubieran criado en la creencia de que el sumo bien es el vivir y el peor mal fallecer; las presentes circunstancias nos enseñan, no obstante, que debemos soportar el trance con valor, pues es voluntad de Dios y además ineludible. Dios, según parece, determinó que toda la nación judía se viese privada de una vida que sabía no emplearíamos debidamente. No echéis la culpa de vuestro estado actual a vosotros mismos, ni creáis que los romanos son los causantes de que todos perezcamos. Estas cosas no han sucedido por su poder. Ha intervenido una causa más poderosa, haciendo que les ofreciésemos la oportunidad de convertirse en vencedores. ¿Con qué armas murieron los judíos de Cesárea? No pensaban rebelarse, celebraban la fiesta del día séptimo, no habían movido un dedo contra los ciudadanos de Cesárea, pero éstos se arrojaron en tropel sobre ellos, los degollaron, acuchillaron a sus mujeres e hijos, sin respeto alguno de los romanos, que no nos trataron como enemigos hasta que nos sublevamos. Pero quizá alguien diga que el pueblo de Cesárea estaba en discordia constante con los nuestros y que aprovecharon la menor ocasión para saciar su antiguo rencor. ¿Qué diremos entonces de los de Escitópolis, que se atrevieron a hacer guerra con nosotros por causa de los griegos? No se aventuraron a juntarse con nosotros para tomar venganza de los romanos. Ya veis cuán poco nos aprovechó nuestra lealtad y benevolencia para con ellos. Fueron despedazados y muertos con sus familias, lo que fue la recompensa por haberles ayudado, porque la destrucción de los otros que habían querido impedir, la sufrieron también como si fueran culpables. Sería interminable contar todo lo sucedido."

Mi estimado, quizás en la próxima pueda terminar la transcripción...
Con afecto.
Teófila.

11 nov. 2006

El piano de Mine Kawakami

Cara Teófila,

Estoy segura que disfrutaría de esta villa en la que resido tanto como yo. Ayer tuve la oportunidad de asistir a una pequeña tertulia en el Colegio Fonseca en la que Mine Kawakami -hija del Representante ante la Cristiandad del Emperador de Cipango- brindó un brillante concierto de pianoforte para solaz de los asistentes.

Varias cosas podría contarle de esta joven algo nómade que a contrapelo de mis temores no nos brindó un largo y soporífero concierto sino todo lo contrario. Intercalaba explicaciones de sus obras a la manera -con vuesa licencia- de la música programática: podrá entender que las dulces explicaciones en un torpe castellano de esta sencilla artista hacían en sí mismas las delicias de todos nosotros. El concierto versó sobre Cipango y el Nuevo Mundo. Del País del Sol Naciente y del Alto Perú trajo sus recuerdos de infancia y sus viajes, en la que su curiosidad y capacidad de asombro ante las maravillas de la naturaleza, las leyendas y la delicadeza humana, se transformaba en bellos y breves piezas de música muy ecléctica en el estilo. De su amada Cuba trajo el relato que ya conocerá de admiración ante la idiosincrasia caribeña frente a la situación de carencia, transformado en tumbaos, ese sonido tan tradicional de pianoforte cubano tocado casi como percusión (sólo le encontré un ejemplo, -de otro artista y no demasiado bonito- en el que el tumbao del pianoforte está en el fondo). Igualmente puede escuchar 1, 2, 3, y hasta 4 breves extractos de la música de Mine.

No se olvide entonces de viajar, de asombrarse y de crear.
Suyo como siempre.
Teófilo.

PD: No se crea que me olvido del otro asunto, ya hablaremos luego.

10 nov. 2006

Flavio Josefo y ciertas formas de la muerte (cont)

Mi querido Teófilo,
Tal como le prometí, le transcribo en parte la continuación del discurso cuyo comienzo ya le envié en mi anterior:
"Grande fue mi error al pensar que ayudaba a hombres valerosos que peleaban por la libertad con voluntad de vivir con honor o morir. Pero veo que no sois mejores que los demás en audacia ni en valentía. La muerte os arredra, aunque os libraría de miserias indecibles, como si debiéseis dilatarla o esperar que alguien os aconsejase. Desde antiguo, desde que tenemos razón, las leyes de nuestra patria y Dios nismo nos enseñaron de continuo, tanto a nosotros como a nuestros abuelos, que corroboraron la doctrina con sus actos y con su fortaleza de alma, que la vida es triste para el hombre, no la muerte. Ésta liberta nuestras almas y las envía a un lugar puro, donde serán insensibles a las desdichas. El alma, mientras sigue ligada al cuerpo, sufre sus miserias, y, a decir verdad, ambos están como muertos, porque la unión de lo divino con lo mortal es desagradable. Ciertamente, grande es el poder del alma, incluso prisionera de un cuerpo perecedero, porque se sirve de él como de instrumento, le anima interiormente y le obliga a hacer cosas ajenas a su mortal naturaleza. Sin embargo, en cuanto queda exenta del peso que la hace gravitar hacia la tierra, relacionándola con ella, va al sitio que le es propio y disfruta del bendito poder y de las facultades cuyos resultados y acciones no se pueden impedir. Es invisible tanto a los ojos humanos como al mismo Dios, porque ni aún estando en el cuerpo es posible verla. Llega a él de una manera invisible y tampoco es perceptible cuando de él se desprende. Posee un naturaleza libre e incorruptible; no obstante, causa el cambio del cuerpo, porque dondequiera que haya alma, habrá vigor y vida, y de dondequiera que se aparte, lo abandonado se marchita y fenece. Tanto lo excede en inmortalidad. Probaré lo que digo refiriéndome al sueño, en el que las almas, en sí recogidas, libres de la distracción de las opresiones corporales, descansan dulcemente y conversan con Dios por el parentesco que con Él tienen. Están en todo lugar y presienten las cosas futuras. ¿Por qué tememos, si nos complacemos con el descanso del sueño? ¿No es absurdo perseguir la libertad mientras vivimos, y espantarnos de la que es eterna? Nosotros, criados en esta doctrina, debemos transformarnos en un ejemplo para los demás con nuestra presteza en morir. Si necesitamos ajena corroboración en este asunto, fijémonos en los indios que profesan la filosofía. Estos varones buenos soportan de mala gana la vida, como una servidumbre necesaria, y procuran libertar sus almas de sus cuerpos. Tal es su deseo de existencia inmortal, que, sin desgracias ni enfermedades que lo justifiquen, dicen a los demás que que están a punto de irse. Nadie lo impide; todos los llaman dichosos y les entregan mensajes para sus familiares difuntos, con tanta firmeza y certidumbre creen que las almas conversan entre sí en el otro mundo. En cuanto oyen los recados que deben dar en el más allá, entregan sus cuerpos al fuego y, a fin de que el alma se separe pura del cuerpo, se extinguen en medio de himnos de alabanza; sus amigos íntimos los acompañan a la muerte con mayor enterza que el resto de los humanos cundo despide a los que salen de viaje. Después lloran por sí mismos, considerando bienaventurados a los otros al ver que se incorporan al número de los seres inmortales. ¿No nos avergonzaremos de ser menos sabios que los indios? ¿Despreciaremos por cobardía las leyes de nuestro país, que toda la humanidad imita?"

Con afecto.
Teófila.

8 nov. 2006

Flavio Josefo y ciertas formas de la muerte (cont.)

Mi querido Teófilo,
Espero no le apabulle el alud de cartas que le estoy enviando. No sé si es el aire de estas tierras o qué, pero algo hay que me ha provocado cierta especie de febrilidad extraña pues es muy pausada y metódica. En fin...
En mi última misiva le proponía detenernos en unos párrafos de "La Guerra de los Judíos" de Flavio Josefo. A continuación le transcribo estos otros:
"Hace mucho, compañeros míos, resolvimos no servir a los romanos ni a otro Dios que el nuestro, el único verdadero, Señor de la humanidad, y ha sonado el momento de poner en práctica nuestra resolución. No incurramos ahora en contradicciones. Decidimos eso cuando no estábamos en peligro; en este instante debemos pensar no sólo en el cautiverio, sino en otros castigos insoportables, es decir, en el supuesto de que los romanos nos capturen vivos. Fuimos los primeros en sublevarnos, y los últimos en pelear. Y creo que es una gracia divina que podamos morir aún sin dilación, y libres, a diferencia de todos los otros que fueron vencidos inesperadamente. Es cosa cierta que triunfarán de nosotros en el espacio de un día, pero tenemos la facultad de perecer gloriosamente con nuestros más caros amigos. El enemigo, aunque desee capturarnos vivos, no logrará evitarlo. Vemos claramente que es imposible vencerlos. Tuvimos que conocer la voluntad de Dios desde el principio, cuando, codiciando defender nuestra libertad, nos sucedía mal todo lo que emprendíamos, por culpa nuestra y por la de nuestros enemigos; tuvimos que comprender que la nación judía, antaño favorecida de Dios, estaba condenada a la destrucción, porque si El nos ayudara, o sólo estuviera levemente irritado contra nosotros, jamás hubiese permitido que sucumbieran tantos hombres o que nuestra ciudad santa fuese quemada y demolida por el adversario. Débil era la esperanza de ser los únicos que nos salváramos, de que conserváramos nuestra libertad, como si no hubiésemos pecado contra Dios, ni hubiésemos sido partícipes en los pecados de los demás. Mas, al menos, enseñamos a los otros hombres a luchar por su independencia. Por consiguiente, considerad cómo Dios nos ha convencido de lo vano de nuestras ilusiones poniéndonos en una situación en la que nos vemos impotentes. No nos ha aprovechado la naturaleza de estas defensas inexpugnables. El mismo Dios se encarga de desengañarnos, a pesar de nuestra abundancia de víveres, de armas y de otros pertrechos. El fuego que se lanzó contra nuestros enemigos, se volvió después de su propio grado contra nuestra muralla. Así pagamos nuestros muchos pecados, que cometimos como locos y soberbios contra nuestros compatriotas; recibimos el castigo, no de mano de nuestros grandes enemigos, los romanos, sino de Dios. Castiguémosnos con nuestras manos, que serán más moderadas que las del contrario. Permitamos que nuestras mujeres perezcan sin injuria y que nuestros hijos mueran sin probar el amargo sabor de la libertad. Una vez hayan expirado, hagámonos mutuamente ese favor para ser libres, y conquistaremos gloriosa tumba. Pero antes quememos nuestro dinero y la fortaleza, pues seguro estoy de que los romanos lamentarán no poder apresar nuestros cuerpos ni nuestras riquezas. Dejemos solamente los víveres como testimonio de que no sucumbimos de hambres, sino de que preferimos la muerte al cautiverio, como determinamos al principio."

Mi dilecto, anhelo interesarle en estas lecturas que le propongo y prometo en las próxima epístolas enviarle la continuación y final de este discurso, ya que su extensión es tanta que he debido parcelarlo en sendas misivas.
Con afecto, y recompense al carbonero por su solicitud al hacerle llegar mis cartas.
Teófila.

5 nov. 2006

Flavio Josefo y ciertas formas de la muerte

Mi queridísimo Teófilo,
¿Tiene usted ya en sus manos la copia de los textos de Flavio Josefo? Es de esperar que así sea...
Y si así es, y la copia obra en su poder, ¿qué le parece detenernos en estos párrafos?:
"Amigos míos, ¿por qué deseamos tanto darnos muerte? ¿Por qué levantamos la discordia entre dos cosas tan unidas como son el alma y el cuerpo? ¿Pretenderá alguien que no soy el mismo hombre de antes? Los romanos harto saben de esto. Es hermoso perecer en la guerra, pero según las leyes de la guerra, a manos de los vencedores. Si, por tanto, pido misericordia a los romanos, merezco morir por mi mano y con mi espada; pero si ellos consideran digno de perdonar al enemigo, ¿cuánto no más justamente debemos nosotros perdonarnos los unos a los otros? Gran locura es hacer a nosotros mismos lo que ellos intentaron. Confieso abiertamente que es brava cosa morir por la libertad, pero en la batalla y por los que procuran quitárnosla. Ahora nuestros enemigos no nos esperan en orden de combate y no nos quieren matar. Tan cobarde es el hombre que se niega a morir cuando debe, como el que lo pretende cuando pasó la sazón. ¿Por qué tememos presentarnos ante los romanos? ¿Nos arredra la muerte? Pues lo que tenemos miedo que nos den los enemigos, ¿lo buscaremos por ventura nosotros mismos? Diréis que seremos esclavos. ¿Somos muy libres en este instante? Tal vez digais que es cosa de varón fuerte matarse a sí mismo. Pero yo os aseguro que es de hombre muy cobarde, pues estimo que lo es el piloto que, temeroso de la tempestad, hunde el barco para evitarla. El suicidio es un crimen muy ajeno a la ntauraleza de todos los animales, ejemplo de impiedad contra Dios, Creador nuestro. No hay ningún animal que se de él mismo la muerte, que la busque por su voluntad. Ley común a todos es desear la vida, por cuyo motivo tenemos por enemigos a quienes atentan contra ella, y los que lo perpetran a traición son castigados. ¿No creéis que Dios se enoja mucho cuando una de sus criaturas maltrata lo que El le concedió? De El recibimos el ser; debemos, pues, también dejar a su voluntad el acto de arrebatárnoslo. Los cuerpos de todos los hombres son mortales y fueron creados de materia corruptible; pero el alma es inmortal, es la porción de divinidad que anima nuestros cuerpos. Si se destruye o se abusa de lo que un hombre nos dejó en depósito, somos tachados de pérfidos; si alguno expulsa de sus cuerpo este divino depósito, ¿imagina acaso que lo ignora Aquél a quien ofende? Nuestras leyes permiten castigar con justicia al esclavo que huye de su señor, aunque éste sea perverso. ¿Y procuraremos huir de Dios, que es el mejor de los señores, sin pensar que nos hacemos culpables de impiedad? ¿Ignoráis que los que acaban su vida naturalmente y pagan su deuda a Dios, cuando Este quiere ser pagado, gozan de eterna dicha y tanto su casa como su posteridad permanecen? Sus almas quedan puras, alcanzan un lugar muy santo en el cielo y vuelven, con el girar de las edades, a gozar de cuerpos limpios, mientras las de aquéllos que usaron sus manos contra sí mismos s en hunden en los más sombríos parajes del Hades, y Dios, su Padre, castiga a los ofensores en su posteridad. Por cuya razón Dios aborrece talos actos, y el crimen es sancionado por nuestro más sabio legislador. Nuestras leyes establecen que el cuerpo del suicida permanezca insepultado hasta que cierre la noche, siendo, en cambio, lícito enterrar aún a nuestros enemigos. Las leyes de otras naciones mandan cortar las manos de los muertos que las emplearon en arrebatarse la vida, reconociendo que lo mismo que el cuerpo es ajeno al alma, la mano es distinta del cuerpo. Por consiguiente, amigos, es necesario juzgar bien, y no añadir a las calamidades nacidas de los hombres una ofensa contra nuestro Creador. Si queremos salvarnos, hagámoslo; no será inglorioso lograrlo por medio de nuestros enemigos, a quienes hemos dado tantas muestras de valor. Y si nos decidimos a morir, será muy honroso hacerlo por las manos de los que nos prendan. No correré al campo de mis enemigos para ser traidor a mí mismo, porque sería entonces mucho más loco que los que de grado lo hacen. Estos procuran conservar sus vidas, yo lo haría en busca de mi propia muerte. En verdad deseo que los romanos me quiten la vida; si ellos me matasen habiendo prometido respetarme, moriré con alegría llevando conmigo su perfidia como consuelo más grande que la misma victoria."

En espera de su correo y con afecto inclaudicable.
Teófila.

2 nov. 2006

Flavio Josefo y una cierta ruda maravillosa y una cierta baaras y ciertos manantiales y pechos.

Mi querido Teófilo,
¿Recuerda cuando le hablaba de Josefo entre otras cosas? Pues bien, hogaño traigo para su solaz un extenso párrafo del mismo aquel libro de antaño.
"En aquel lugar -refiérese Josefo a Maqueronte- crecían plantas de ruda maravillosa, pues no era inferior ni en altura ni en grosor a una higuera de tamaño normal. Decían que ya existía en tiempos de Herodes y hubiera vivido más aún si no la hubieran cortado después los judíos que se apoderaron de la plaza. En el valle que limita la ciudad por septentrión hay un punto llamado Baaras, que produce una raíz del mismo nombre: tiene el color de la llama y hacia el aterdecer despide un rayo semejante a una exhalación. No se deja arrancar, sino que se escapa de las manos, a menos que se la riegue con orina de mujer o con flujo menstrual, y aún así los que la tocan tienen la muerte segura si no la llevan arrastrando con las manos. También existe otro modo inocuo de desarraigarla, que es el siguiente: se excava en torno de la raíz hasta que queda casi al descubierto y se ata entonces a ella un perro, que, al intentar seguir a su dueño, la arranca cayendo muerto, después de lo cual se puede coger sin miedo. Todas esas molestias para cosecharla se ven recompensadas con una gran virtud: si se lleva a los enfermos, aleja inmediatamente los demonios, llamados asimismo espíritus malos, que se apoderan de los hombres y los matan si no se los socorre. Nacen también fuentes de agua caliente de diferente sabor, amargo el de unas, dulce el de otras; y manantiales de agua fría, unos tras otros, no sólo en los lugares bajos. Pero, lo cual es más admirable, hay cierta cueva poco profunda, cubierta por el resalte de una roca, encima de la cual se ven dos pechos, por así decirlo, a escasa distancia el uno del otro, de los que brotan, respectivamente, un manantial de agua helada y otro de agua hirviendo, mezcladas las cuales se obtiene un baño muy grato. Sirven de remedio para muchas enfermedades, sobre todo las nerviosas. En aquel mismo sitio se encuentran minas de azufre y de alumbre."

Para quien me escribe las palabras de Josefo que cito rememoran historias sobre la mandrágora y otras tantas sobre hechos acaecidos a Fray Servando en los jardines del rey. Ya entretendré sus ojos con estas dichosas historias, mi amigo.

Con afecto.
Teófila.