10 nov. 2006

Flavio Josefo y ciertas formas de la muerte (cont)

Mi querido Teófilo,
Tal como le prometí, le transcribo en parte la continuación del discurso cuyo comienzo ya le envié en mi anterior:
"Grande fue mi error al pensar que ayudaba a hombres valerosos que peleaban por la libertad con voluntad de vivir con honor o morir. Pero veo que no sois mejores que los demás en audacia ni en valentía. La muerte os arredra, aunque os libraría de miserias indecibles, como si debiéseis dilatarla o esperar que alguien os aconsejase. Desde antiguo, desde que tenemos razón, las leyes de nuestra patria y Dios nismo nos enseñaron de continuo, tanto a nosotros como a nuestros abuelos, que corroboraron la doctrina con sus actos y con su fortaleza de alma, que la vida es triste para el hombre, no la muerte. Ésta liberta nuestras almas y las envía a un lugar puro, donde serán insensibles a las desdichas. El alma, mientras sigue ligada al cuerpo, sufre sus miserias, y, a decir verdad, ambos están como muertos, porque la unión de lo divino con lo mortal es desagradable. Ciertamente, grande es el poder del alma, incluso prisionera de un cuerpo perecedero, porque se sirve de él como de instrumento, le anima interiormente y le obliga a hacer cosas ajenas a su mortal naturaleza. Sin embargo, en cuanto queda exenta del peso que la hace gravitar hacia la tierra, relacionándola con ella, va al sitio que le es propio y disfruta del bendito poder y de las facultades cuyos resultados y acciones no se pueden impedir. Es invisible tanto a los ojos humanos como al mismo Dios, porque ni aún estando en el cuerpo es posible verla. Llega a él de una manera invisible y tampoco es perceptible cuando de él se desprende. Posee un naturaleza libre e incorruptible; no obstante, causa el cambio del cuerpo, porque dondequiera que haya alma, habrá vigor y vida, y de dondequiera que se aparte, lo abandonado se marchita y fenece. Tanto lo excede en inmortalidad. Probaré lo que digo refiriéndome al sueño, en el que las almas, en sí recogidas, libres de la distracción de las opresiones corporales, descansan dulcemente y conversan con Dios por el parentesco que con Él tienen. Están en todo lugar y presienten las cosas futuras. ¿Por qué tememos, si nos complacemos con el descanso del sueño? ¿No es absurdo perseguir la libertad mientras vivimos, y espantarnos de la que es eterna? Nosotros, criados en esta doctrina, debemos transformarnos en un ejemplo para los demás con nuestra presteza en morir. Si necesitamos ajena corroboración en este asunto, fijémonos en los indios que profesan la filosofía. Estos varones buenos soportan de mala gana la vida, como una servidumbre necesaria, y procuran libertar sus almas de sus cuerpos. Tal es su deseo de existencia inmortal, que, sin desgracias ni enfermedades que lo justifiquen, dicen a los demás que que están a punto de irse. Nadie lo impide; todos los llaman dichosos y les entregan mensajes para sus familiares difuntos, con tanta firmeza y certidumbre creen que las almas conversan entre sí en el otro mundo. En cuanto oyen los recados que deben dar en el más allá, entregan sus cuerpos al fuego y, a fin de que el alma se separe pura del cuerpo, se extinguen en medio de himnos de alabanza; sus amigos íntimos los acompañan a la muerte con mayor enterza que el resto de los humanos cundo despide a los que salen de viaje. Después lloran por sí mismos, considerando bienaventurados a los otros al ver que se incorporan al número de los seres inmortales. ¿No nos avergonzaremos de ser menos sabios que los indios? ¿Despreciaremos por cobardía las leyes de nuestro país, que toda la humanidad imita?"

Con afecto.
Teófila.

1 comentario:

Teofilo dijo...

¿Indios que profesan la filosofía? ¿Qué indios? ¿Qué filosofía?
Cuente, cuente por favor,
Teófilo