24 ago. 2011

Jean-Luc Lagarce

Mi amantísimo,
Habiendo ya participado generosamente en el intercambio de regalos con que hemos reanudado nuestro epistolario, le transcribo unas palabras de Lagarce en "Music-Hall":
"El jefe-burlón -entonces- ofreciéndome el lugar:
'La casa es suya, sheniorita'
¡Casa! Este masacote informe de suburbio gris,
semillero de perdedores.
'Pero le advierto -dice esto
para coronar su discurso- con una historia así,
no va a venir mucho público,
no hay que esperar gran cosa, ni ganancias ni nada.
Porcentaje sobre el bar, porque hay un bar, ¿no
le habían dicho? Porcentaje, imposible, usted
esta soñando -querida sheniora-
no, no se puede esperar mucha ganancia y aplausos tampoco,
por supuesto,
son muy lentos y cerrados por aquí y poco entusiastas,
pero los aplausos, ¿para qué sirven?
¿Eh?

Para una ilusión de triunfo, para nada más, y tampoco
-agrega jefe-burlón, con la complicidad silenciosa
de sus muchachos-
y tampoco, es seguro que vengan,
son desconfiados y no tienen sentido del humor,
y un espectáculo sin historia es un chiste, ¿no?
¿Eh? ¿Eh?'
Y yo, siempre lo mismo, un viejo número que tengo,
desde hace ya mucho tiempo, y que uso muy seguido,
y sin ir más lejos esta tarde, sin ir más lejos,
y yo
sonriente, lentamente y con desenvoltura,
la Chica que se las sabe todas y siempre salió
del pantano,
porque es un pantano,
acá también, ríanse, acá también,
y sin ir más lejos que hoy..."
Con aires de desear más.
Teófila.


19 ago. 2011

Alexandr Serguéievich Pushkin (1799-1837)

Cara Teófila,

Escribo estos rudos garabatos para no perder la singular oportunidad que se presentó en la posada en la que fortuitamente deposité mis huesos al encontrar a nuestro mutuo amigo J......, quien está por estas tierras en visita oficial y aceptó gustosamente la tarea de llevarle esta misiva.

No habiendo novedades personales de interés, le comentó que para este viaje cogí presurosamente un ejemplar de “La hija del capitán” de Pushkin* que comprara en Salónica cuando su Santidad me dio su dispensa para volver por primera vez.

Sin tiempo para mayor análisis, decirle que es una novela romántica, de honor y de acción, en la que un joven aristócrata sale del hogar paterno hecho un imberbe para volver forjado como hombre para poder seguir explotando con honor el trabajo de sus semejantes, con la ayuda final de la Emperatriz, cual Deus Ex Machina.

Siempre descubro en los clásicos de la literatura ese placer del neófito ante un mundo tan interdependiente. Seguramente algún avezado benedictino con acceso a innumerables bibliotecas es capaz de hacer relaciones certeras entre aleph y omega. A mí me basta con disfrutar encontrarme en este folletín con Tolstoi y Chejov o incluso con Verne y Borges.

Sin más, prometo escribirle de manera más asidua.
Su humilde servidor,

Teófilo


*Pushkin, Alexandr S., “La hija del Capitán / La Dama de Pique”, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1978.

18 ago. 2011

J.D. Salinger

Mi tiernísmo Teófilo,
Los sonidos de la inteligencia son bellísimos. Retribuyo el bello regalo que me ha hecho con Mishima con un largo bocado de Salinger en "El guardián entre el centeno":
"Se volvían locos. Eran el mismo tipo de cretinos que en el cine se ríen como condenados por cosas que no tienen la menor gracia. Les aseguro que si fuera pianista o actor de cine o algo así, me reventaría que esos imbéciles me consideraran maravilloso. Hasta me molestaría que me aplaudiesen. La gente siempre aplaude cuando no debe. Si yo fuera pianista, creo que tocaría dentro de un armario. Pero, como iba diciendo, cuando acabó de tocar y todos se pusieron a aplaudirle como locos, Ernie se volvió y, sin levantarse del taburete, hizo una reverencia falsísima, como muy humilde. Como si además de tocar el piano como nadie fuera un tío sensacional. Tratándose como se trataba de un esnob de pirmera categoría, la cosa resultaba bastante hipócrita. Pero, en cierto modo, hasta me dio lástima porque creo que él ya no sabe siquiera cuándo toca bien y cuándo no. Y me parece que no es culpa suya del todo. En parte es culpa de esos cretinos que le aplauden como energúmenos. Esa gente es capaz de confundir a cualquiera. Pero, como les iba diciendo, aquello me deprimió tanto que estuve a punto de recoger mi abrigo y volverme al hotel, pero era pronto y no tenía ganas de estar solo."


Con toda mi ternura.
Su Teófila