23 oct. 2006

Savater en la casa del Duque de Alba

Cara Teófila,

El franciscano Fernando Savater fue requerido por una citación de la Santa Inquisición a viajar a la ciudad que me acoge. Enterado de esto, el Duque de Alba le extendió una invitación ya que no quiso perder la oportunidad de codearse con este intelectual requerido por diversas cortes europeas. Así, organizó una velada en su palacio al que fueron invitados unos pocos, pero a la que otros cuantos se nos fue franqueado el paso, quedándonos de pie en los altos del salón mientras los invitados comían, a la espera de las palabras del filósofo.

La disquisición de Savater discurrió sobre la educación y, en particular, acerca de la importancia de formar al príncipe –entendiendo a éste con un sentido universalizador de la condición humana, Vd. comprenderá. Me resultó vigorizante la forma en que construyade su discurso alrededor de la Ética y con herramientas estrictamente filosóficas, aunque con moderadas conclusiones, dada su condición.

Le transcribo algunas de sus palabras, de acuerdo al espejo de mi lábil memoria.
“En este país la gente se enorgullece de mantener sus opiniones a lo largo de toda la vida. Aprenden tres o cuatro cosas a los veinte años y se quedan con ella hasta usar bastón. Imaginaros cuando hace millones de años alguien propuso bajar de los árboles, qué hubiera pasado si se le hubiera hecho caso a la opinión mayoritaria de quedarse arriba de los árboles, donde era evidente que todos estábamos más seguros”
Con respecto a ciertas demandas de sectores conservadores acerca de procesos actuales de liberalización de la enseñanza, Savater puntualizó que dichos sectores “cuando son débiles piden libertad de acuerdo a los principios de los otros y cuando son fuertes niegan dicha libertad a los demás de acuerdo a sus propios principios”.
Finalmente emitió una opinión, tomada si mal no recuerdo de Hannah Arendt, que reza que “para que los alumnos sean revolucionarios, los maestros deben ser conservadores” , ya que en caso contrario los alumnos son meras herramientas de las ideas del docente y tienen dificultada para la reacción. Al respecto de esta última no puedo definirme entre aceptarla con una racional simpatía o temerla por el doble filo que acompaña muchas veces a la recta ratio.

Espero que los sofocos estacionales no la inhiban de disfrutar los placeres de esta corta vida que nos ha tocado en gracia. Aquí de momento las lluvias arrecian.
Suyo,
Teófilo.

17 oct. 2006

Dilthey citado en las tertulias de Spinoza y sus amigos

Paciente Teófila,

A raíz de la injusta expulsión de Spinoza, estuve repasando algunas de las notas que tomé cuando obligado por las circunstancias debí recalar un tiempo en Ámsterdam, donde tuve el muy poco frecuente honor de asistir a algunas de esas maravillosas tertulias con hombres como Spinoza, Juan de Prado y otros emigrados españoles. En uno de los coloquios de ese inquietante cenáculo, el judío nos transmitió parte de una conferencia sobre el concepto de Paradigma dictada por Dilthey, a quien Spinoza valoraba enormemente por su sentido de la tolerancia:

“Este universo inmenso, inabarcable, inescrutable se refleja de vario modo en los videntes religiosos, en los poetas y en los filósofos. Todos están sometidos al poder del lugar y de la hora. Toda concepción del mundo está condicionada históricamente; por tanto, es limitada, relativa. Parece resultar de esto una tremenda anarquía del pensamiento. Pero precisamente la conciencia histórica, que ha provocado esa duda absoluta, puede también determinar sus límites. En primer lugar, las ideas del mundo se han diferenciado según una ley interna. Aquí mis ideas se remontaron a las grandes formas fundamentales de ellas, tales como acababan de presentárseme mientras sonaba, en la imagen de los tres grupos de filósofos. Estos tipos de visión del mundo se afirman unos junto a otros en el curso de los siglos. Y en segundo lugar, el principio liberador; las concepciones del mundo se fundan en la naturaleza del universo y en la relación del espíritu finito que las concibe con ellas mismas. Así, cada una de ellas expresa, dentro de nuestros límites intelectuales, un aspecto del universo. Todas son, por ende, verdaderas. Pero todas son unilaterales. Nos está vedado contemplar juntos esos aspectos. Sólo podemos ver la pura luz de la verdad en un rayo refractario de distintos modos.”

Sólo ahora es que reparo en el hecho de que la solución adoptada por Dilthey es de alguna manera un "compromiso místico" entre materialistas e idealistas, lo que me deja en la más espantosa soledad ontológica.

De todos modos jovial, la saluda como el primer día.

Teófilo.

7 oct. 2006

Spinoza quitado de la protección de sus pares

Spinoza - Foto: WikipediaPaciente Teófila,

Sabe Vd. que a veces mis preocupaciones exceden con muchos mis atenciones a vueso afecto y gracia, pero me ha escrito un amigo desde Amsterdam para relatarme con pena las circunstancias en las que Spinoza fue expulsado de la sinagoga. Le transcribo la rabiosa fórmula con la que se lo han comunicado. "Excomulgamos, maldecimos y separamos a Baruch de Espinosa, con el consentimiento de Dios bendito y con el de toda esta comunidad; delante de estos libros de la Ley, que contienen trescientos trece preceptos; la excomunión que Josué lanzó sobre Jericó, la maldición que Elias profirió contra los niños y todas las maldiciones escritas en el libro de la Ley; que sea maldito de día, y maldito de noche; maldito cuando se acueste y cuando se levante; maldito cuando salga y cuando entre; que Dios no lo perdone; que su cólera y su furor se inflamen contra este hombre y traigan sobre él todas las maldiciones escritas en el libro de la Ley; que Dios borre su nombre del cielo y lo separe de todas las tribus de Israel, etc."

Triste fórmula de perseguidos devenidos en perseguidores, donde quedan patentes ciertas regularidades en la bajeza del comportamiento humano.
Invariablemente suyo,
Teófilo.

6 oct. 2006

Boas y el particularismo histórico

Cara Teófila

Me pareció procedente enviaros unas breves notas que estuve haciendo acerca de Franz Boas

Los antecedentes
Luego de los prejuicios etnocentristas de la Ilustración y a la luz de las teorías evolucionistas decimonónicas, se empezaban a agolpar a las puertas de la Antropología un cúmulo de teorías cada cual más temeraria que, basándose en datos sesgados, establecían relaciones entre elementos culturales distantes o formas de determinismo cultural sin criterios científicos claros. Aparece en escena Franz Boas (1858-1942), fundador del primer departamento universitario de Antropología en EE.UU., para exigir una profesionalización de la investigación de campo y sobre todo para atacar un uso descuidado del método comparativo que hubiera parecido inaceptable a los mismos Morgan o Tylor.

La Posición de Boas
Boas postula que el trabajo de campo y la recogida de datos son más importantes, más prestigiosos y más científicos que la teorización a cualquier escala, grande o pequeña. Además, para el antropólogo doctorado en Kiel, la difusión es más fácil de justificar que las causas internas independientes como las que defiende el evolucionismo. En “The Limitations of the comparative method” Boas no pone en duda la existencia de muchas y notables semejanzas culturales que no podrían explicarse por difusión, pero afirma que esto no basta para dar por establecida la uniformidad de la historia. Este posicionamiento que lo acompañó a lo largo de su vida lo llevó a un purismo metodológico que despreciaba las generalizaciones en las que siempre encontraba casos negativos. Pero con las probabilidades reemplazando a las certezas mecanicistas en los nuevos horizontes abiertos por la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica, Marvin Harris se pregunta por qué entonces los antropólogos deberían exigir a sus leyes que no admitieran excepciones. Boas, de todos modos, sostuvo que la acumulación de datos etnográficos crearía necesariamente las bases para la generalización, una afirmación que según el citado Harris tiene grandes debilidades. La primera de ellas es que una recogida de datos sin hipótesis nos llevaría necesariamente a nuestra conclusión inicial acerca del carácter caótico de la naturaleza, algo derrotista para un científico social. Además, es claro que en cualquier estudio de campo no sólo se recogen ciertos hechos, sino que a la vez se de-jan otros atrás, y esto sucede independientemente de que la investigación esté orientada por una hipótesis formal consciente o no lo esté. De aquí se desprende un error filosófico básico: no existe una recopilación “objetiva” de datos; aunque se haga siguiendo ideas eclécticas, el trabajo de campo se basa en una serie de premisas que condicionarán los muestreos, aunque éstos luego se intenten presentar como variables objetivas. En este sentido fue paradigmático el amplísimo estudio que hizo Boas acerca de los kwakiutl y en particular del potlach, criticado posteriormente por ser un análisis demasiado influido por una visión emic, es decir, que tomaba demasiado en cuenta los puntos de vista de los protagonistas culturales.

El legado:
Su acercamiento a posiciones neokantianas así como su completo rechazo al materialismo es entendible en un momento de avance del marxismo, pero no se debe mezclar a la ligera sus posiciones antievolucionistas y contrarias a la generalización en las ciencias sociales, con aquellas de otros contemporáneos suyos que veían en el avance de la ciencia un ataque a la moral dominante. La lista de los antropólogos que de entre los discípulos de Boas alcanzaron fama e influencia da testimonio de su importancia capital en la historia de la disciplina, y me permito citar a cuatro entre tantos otros: Kroeber, Lowie, Sapir y Benedict. Su contribución más importante tal vez sea el desarrollo del trabajo de campo, en una época en la que muchos de sus contemporáneos eran incapaces de so-meterse a una disciplina científica. Sus últimas palabras antes de morir fueron para otra de sus grandes luchas dentro y fuera de la Antropología: la necesidad de una constante vigilancia contra el racismo.

Entonces Teófila, espero que no haya abusado de vuesa infinita paciencia.
Teófilo

Bibliografía:
Harris, Marvin, El Desarrollo de la teoría antropológica, Madrid, Siglo XXI, 2005 Bohannan, P.-Glazer, Marc: Antropología, Madrid, McGraw Hill, 1992

3 oct. 2006

Marguerite Yourcenar: Mishima o la visión del vacío

Cara Teófila,

Por ese extraña dificultad que plantea a veces coger los libros necesarios para el progreso académico, busqué en mi magra biblioteca alguno que no tuviera la más mínima utilidad formal. Encontréme entonces con uno de los últimos obsequios que Vd. me hiciere, el ensayo sobre el escritor japonés Yukio Mishima de vuesa querida Marguerite Yourcenar.

Debo decirle que sus párrafos no terminaban de convencerme. A veces las problemáticas de corte psicológico suelen mostrárseme algo farragosas, así cómo los análisis de obras que no he leído, por mi poca paciencia antes las opiniones que no puedo rebatir. Sin embargo, mantuve cierto interés tal vez por el morbo de conocer los detalles de un suicidio cuyo sabor promete Marguerite desde las primeras páginas, a lo que se sumaba mi inveterado interés por las biografías de todos aquellos que luchan denodadamente por salir del vacío de un ADN nunca suficientemente diferenciador. O eso creí durante 130 páginas en las que no esperaba más que cierto exotismo de una escritora cosmopolita y misteriosa, hasta que en las últimas páginas el título se volvió estremecedor: “La visión del vacío”. Un alegato al polvo, dos cabezas cortadas, esa muerte de Mishina que en su gratuidad tan absoluta nos quita incluso la autocomplacencia de juzgarla inútil para así calmar nuestra conciencia. Y el regalo de un impresor descuidado o absolutamente delicado que nos entrega al final del libro dos hojas en blanco, las páginas más vacías que he leído desde que un colombiano bonachón cerrara su novela recordando la antigua admonición de que al último “se lo están comiendo las hormigas....

Teófilo

1 oct. 2006

La modestia intelectual de Spinoza y Descartes

Spinoza - Foto: WikipediaCara Teófila,

Bien sabe Vd. que Spinoza en la escuela del ex-jesuita Van den Ende no sólo aprendió latín, física y matemáticas sino también el novedoso cartesianismo. Fíjese entonces como a la manera de Descartes en la introducción al Discurso del Método, el holandés expulsado de la sinagoga inaugura su Tractatus de intelectus emendatione con una justificación introspectiva. Dice Spinoza que después que la experiencia le: “ha enseñado que todas las cosas que suceden con frecuencia en la vida ordinaria son vanas y fútiles, como veía que todas aquellas que eran para mí causa y objeto de temor, no contenían en sí mismas ni bien ni mal alguno a nos ser en cuanto a mi ánimo era afectado por ellas, me decidí, finalmente, a investigar si existía algo que fuera un bien verdadero y capaz de comunicarse y de tal naturaleza que, por sí solo, rechazados todos los demás, afectara el ánimo; más aún, si existiría algo que, hallado y poseído, me hiciera gozar eternamente de una alegría continua y suprema”

Observe cómo Descartes algunas décadas antes en las primeras páginas de su inveterado Discurso había escrito que “habiendo resuelto no buscar otra ciencia que la que se pudiera hallar en mí mismo o bien en el gran libro del mundo, empleé el resto de mi juventud en viajar, en ver cortes y ejércitos, en frecuentar personas de diversos humores y condiciones, en recoger diversas experiencias, en ponerme a prueba a mi mismo en los casos que la fortuna me ponía delante y, en todas las ocasiones, a hacer sobres las cosas que se presentaba una reflexión tal que de ellas pudieras sacar algún provecho (...) Y yo sentía siempre un vivo deseo de aprender a distinguir lo verdadero de lo falso, para ver claro en mis acciones y caminar con seguridad en esta vida”

De más está decir que la modestia introspectiva de sendos maestros no sólo encaja en su discurso global, sino que resulta además saludable para una larga vida en esta joven Holanda rodeada de enormes estados nunca del todo convencidos de los beneficios de liberalizar el consumo de cannabis, el aborto, la eutanasia y la prostitución.

No la entretengo más con mis juegos intelectuales. Envíeles mis saludos si lo ve a Le Mettrie, a quien recordaba ayer a raíz de las cariñosas palabras que le dedica Marvin Harris en su Desarrollo de la Teoría Antropológica.
Con emociones indelebles,

Teófilo.