2 nov. 2006

Flavio Josefo y una cierta ruda maravillosa y una cierta baaras y ciertos manantiales y pechos.

Mi querido Teófilo,
¿Recuerda cuando le hablaba de Josefo entre otras cosas? Pues bien, hogaño traigo para su solaz un extenso párrafo del mismo aquel libro de antaño.
"En aquel lugar -refiérese Josefo a Maqueronte- crecían plantas de ruda maravillosa, pues no era inferior ni en altura ni en grosor a una higuera de tamaño normal. Decían que ya existía en tiempos de Herodes y hubiera vivido más aún si no la hubieran cortado después los judíos que se apoderaron de la plaza. En el valle que limita la ciudad por septentrión hay un punto llamado Baaras, que produce una raíz del mismo nombre: tiene el color de la llama y hacia el aterdecer despide un rayo semejante a una exhalación. No se deja arrancar, sino que se escapa de las manos, a menos que se la riegue con orina de mujer o con flujo menstrual, y aún así los que la tocan tienen la muerte segura si no la llevan arrastrando con las manos. También existe otro modo inocuo de desarraigarla, que es el siguiente: se excava en torno de la raíz hasta que queda casi al descubierto y se ata entonces a ella un perro, que, al intentar seguir a su dueño, la arranca cayendo muerto, después de lo cual se puede coger sin miedo. Todas esas molestias para cosecharla se ven recompensadas con una gran virtud: si se lleva a los enfermos, aleja inmediatamente los demonios, llamados asimismo espíritus malos, que se apoderan de los hombres y los matan si no se los socorre. Nacen también fuentes de agua caliente de diferente sabor, amargo el de unas, dulce el de otras; y manantiales de agua fría, unos tras otros, no sólo en los lugares bajos. Pero, lo cual es más admirable, hay cierta cueva poco profunda, cubierta por el resalte de una roca, encima de la cual se ven dos pechos, por así decirlo, a escasa distancia el uno del otro, de los que brotan, respectivamente, un manantial de agua helada y otro de agua hirviendo, mezcladas las cuales se obtiene un baño muy grato. Sirven de remedio para muchas enfermedades, sobre todo las nerviosas. En aquel mismo sitio se encuentran minas de azufre y de alumbre."

Para quien me escribe las palabras de Josefo que cito rememoran historias sobre la mandrágora y otras tantas sobre hechos acaecidos a Fray Servando en los jardines del rey. Ya entretendré sus ojos con estas dichosas historias, mi amigo.

Con afecto.
Teófila.

3 comentarios:

Teofilo dijo...

Sensible Teófila,

¡Qué inmensa alegría cuando el carbonero me trajo su tan ansiada epístola! Habría que un día hacer la compilación de vuestras selecciones de textos a modo de antología, bajo un título que incluya a la griega belleza y la bendita conscupicencia.

Poco se de Flavio Josefo, por lo que toda noticia es bienvenida, ya que grande es mí interés en esos siglos tumultuosos. ¿Se ha fijado Vd. qué similitud con el estilo bíblico?

Aparte de estos asuntos, conocí hace años en el palacio parisino del Conde de Gijón a un tal americano Servando Teresa de Mier que servía de intérprete al noble de la casa por haber tenido algunos problemas con la Inquisición; ¿es a él a quien Vd. se refiere?
Saludos variopintos,
Teófilo.

Teofila dijo...

Mi querido Teófilo,
¡Y cuánta la mía al recibir la suya con tanta presteza! ¡Y cuánto le agradezco sus laudatorias palabras!
Al punto he encomendado a una amiga en común para que le haga llegar una copia de los textos de Josefo. Cuando la tenga en sus manos, amén de agradecer a nuestra amiga, envíeme una letra, si le place, en la que me relate pareceres que la lectura de dicha copia le depara.
¿Ha tenido usted la dicha de conocer a Fray Servando? ¡Ah, picarón! ¡Bien escondido tenía su secreto! Cuénteme, cuénteme ahora, entonces.
Reinaldo Arenas con su "facundia e inventiva" esplendorosa relata:

"-Ha arruinado usted mi puente -le dice entonces un hombre, con u saco lleno de oro en las manos.
-¿Qué puente? -pregunta, asombrado, Servando. Sin dejar de observar a personaje tan ridículo.
-El que estaba haciendo con todo este oro para poder cruzar el río y llegar a París.
-Pero, ¿para qué derrochar tanto dinero? ¿Es que no hay otra forma de cruzar este río?
-No sé si la habrá o no. Soy el conde de Gijón y tengo millones, y si con ellos no puedo cruzar un río entonces para qué tenerlos -y arrojó dos bolsas más a la corriente.
-¡Qué derroche! ¡Qué derroche! -clamaba el fraile, poniéndose las manos en la cabeza y echándose en la sotana las monedas que había desparramadas en la orilla.
Así fue que acertó a pasar un labriego y el fraile habló con él sólo por unos momentos. Y al rato ya estaban el conde y Servando atravesando el río, trepados sobre el labriego, que también lo atravesaba, pero a nado.
-¡De qué me sirve mi oro! -bramava el conde-, si para cruzar este arroyo he tenido que pedir ayuda.
-De mucho le sirvió -dijo el fraile-, pues acabo de darle una moneda de oro al labriego.
-¡Una monedad de oro!... -y fue tanta la alegría del conde, al ver que su dinero no había sido inútil, que empezó a abrazar al fraile y a hacerle mil promesas-. No sé el francés -decía-. Necesito a alguien que me enseñe todo lo que se puede ver. Y que me ayude a gastar todo este oro que traigo de América y todo el que tengo invertido en azúcar que al venderla triplicará mi fortuna. Yo soy el conde de Gijón y vengo del Perú. ¡Así que vamos a París!... ¡Soy el conde de Gijón! ¡Soy el conde de Gijón!
Y tantas veces lo fue repitiendo, que cuando el conde de Gijón se cansó de nombrar sus títulos, ya iban entrando en Burdeos."

Con inmenso afecto y placer.
Teófila.

Teofilo dijo...

Mi querida Teófila,
¡Que enorme cariño siente Vd. por su amigo Reinaldo Arenas!. Yo sólo lo vi una vez en una recepción de un noble bávaro -cuyo nombre me reservo-, pero tal vez por mi educación conservadora me sentí un poco ajeno a sus gestos ampulosos y sus risas estentóreas. Si hubiera sabido que era vueso amigo tal vez hubiera intentado conocerlo mejor.
Con respecto a Fray Servando, poco más puedo decirle ya que lo vi aquella vez en París y no supe de él hasta que Vd. lo trajera a cuento. La anécdota que me relata ha causado gran gozo en esta tarde de deslumbrantes nubes de otoño, y resulta extremadamente simpático el estar contada al mejor estilo de los cuentos moralizantes de antaño.
Debo ahora terminar estas líneas porque son muchos los quehaceres que me restan para hoy.
Un respetuoso saludo,
Teófilo.