17 nov. 2006

Flavio Josefo y ciertas formas de la muerte (cont)

Mi querido Teófilo,
Continúo pues con el discurso que le estoy transcribiendo desde hace varias epístolas ya (1, 2, 3):
"Supongamos que nos hubieran criado en la creencia de que el sumo bien es el vivir y el peor mal fallecer; las presentes circunstancias nos enseñan, no obstante, que debemos soportar el trance con valor, pues es voluntad de Dios y además ineludible. Dios, según parece, determinó que toda la nación judía se viese privada de una vida que sabía no emplearíamos debidamente. No echéis la culpa de vuestro estado actual a vosotros mismos, ni creáis que los romanos son los causantes de que todos perezcamos. Estas cosas no han sucedido por su poder. Ha intervenido una causa más poderosa, haciendo que les ofreciésemos la oportunidad de convertirse en vencedores. ¿Con qué armas murieron los judíos de Cesárea? No pensaban rebelarse, celebraban la fiesta del día séptimo, no habían movido un dedo contra los ciudadanos de Cesárea, pero éstos se arrojaron en tropel sobre ellos, los degollaron, acuchillaron a sus mujeres e hijos, sin respeto alguno de los romanos, que no nos trataron como enemigos hasta que nos sublevamos. Pero quizá alguien diga que el pueblo de Cesárea estaba en discordia constante con los nuestros y que aprovecharon la menor ocasión para saciar su antiguo rencor. ¿Qué diremos entonces de los de Escitópolis, que se atrevieron a hacer guerra con nosotros por causa de los griegos? No se aventuraron a juntarse con nosotros para tomar venganza de los romanos. Ya veis cuán poco nos aprovechó nuestra lealtad y benevolencia para con ellos. Fueron despedazados y muertos con sus familias, lo que fue la recompensa por haberles ayudado, porque la destrucción de los otros que habían querido impedir, la sufrieron también como si fueran culpables. Sería interminable contar todo lo sucedido."

Mi estimado, quizás en la próxima pueda terminar la transcripción...
Con afecto.
Teófila.

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