8 nov. 2006

Flavio Josefo y ciertas formas de la muerte (cont.)

Mi querido Teófilo,
Espero no le apabulle el alud de cartas que le estoy enviando. No sé si es el aire de estas tierras o qué, pero algo hay que me ha provocado cierta especie de febrilidad extraña pues es muy pausada y metódica. En fin...
En mi última misiva le proponía detenernos en unos párrafos de "La Guerra de los Judíos" de Flavio Josefo. A continuación le transcribo estos otros:
"Hace mucho, compañeros míos, resolvimos no servir a los romanos ni a otro Dios que el nuestro, el único verdadero, Señor de la humanidad, y ha sonado el momento de poner en práctica nuestra resolución. No incurramos ahora en contradicciones. Decidimos eso cuando no estábamos en peligro; en este instante debemos pensar no sólo en el cautiverio, sino en otros castigos insoportables, es decir, en el supuesto de que los romanos nos capturen vivos. Fuimos los primeros en sublevarnos, y los últimos en pelear. Y creo que es una gracia divina que podamos morir aún sin dilación, y libres, a diferencia de todos los otros que fueron vencidos inesperadamente. Es cosa cierta que triunfarán de nosotros en el espacio de un día, pero tenemos la facultad de perecer gloriosamente con nuestros más caros amigos. El enemigo, aunque desee capturarnos vivos, no logrará evitarlo. Vemos claramente que es imposible vencerlos. Tuvimos que conocer la voluntad de Dios desde el principio, cuando, codiciando defender nuestra libertad, nos sucedía mal todo lo que emprendíamos, por culpa nuestra y por la de nuestros enemigos; tuvimos que comprender que la nación judía, antaño favorecida de Dios, estaba condenada a la destrucción, porque si El nos ayudara, o sólo estuviera levemente irritado contra nosotros, jamás hubiese permitido que sucumbieran tantos hombres o que nuestra ciudad santa fuese quemada y demolida por el adversario. Débil era la esperanza de ser los únicos que nos salváramos, de que conserváramos nuestra libertad, como si no hubiésemos pecado contra Dios, ni hubiésemos sido partícipes en los pecados de los demás. Mas, al menos, enseñamos a los otros hombres a luchar por su independencia. Por consiguiente, considerad cómo Dios nos ha convencido de lo vano de nuestras ilusiones poniéndonos en una situación en la que nos vemos impotentes. No nos ha aprovechado la naturaleza de estas defensas inexpugnables. El mismo Dios se encarga de desengañarnos, a pesar de nuestra abundancia de víveres, de armas y de otros pertrechos. El fuego que se lanzó contra nuestros enemigos, se volvió después de su propio grado contra nuestra muralla. Así pagamos nuestros muchos pecados, que cometimos como locos y soberbios contra nuestros compatriotas; recibimos el castigo, no de mano de nuestros grandes enemigos, los romanos, sino de Dios. Castiguémosnos con nuestras manos, que serán más moderadas que las del contrario. Permitamos que nuestras mujeres perezcan sin injuria y que nuestros hijos mueran sin probar el amargo sabor de la libertad. Una vez hayan expirado, hagámonos mutuamente ese favor para ser libres, y conquistaremos gloriosa tumba. Pero antes quememos nuestro dinero y la fortaleza, pues seguro estoy de que los romanos lamentarán no poder apresar nuestros cuerpos ni nuestras riquezas. Dejemos solamente los víveres como testimonio de que no sucumbimos de hambres, sino de que preferimos la muerte al cautiverio, como determinamos al principio."

Mi dilecto, anhelo interesarle en estas lecturas que le propongo y prometo en las próxima epístolas enviarle la continuación y final de este discurso, ya que su extensión es tanta que he debido parcelarlo en sendas misivas.
Con afecto, y recompense al carbonero por su solicitud al hacerle llegar mis cartas.
Teófila.

1 comentario:

Teofilo dijo...

Cara Teófila,
Lamento soberanamente no tener tiempo de acercarme a Viena para hablar con mi amigo Segismundo, ampliamente versado en las cuestiones del espíritu, para que me explique que opina él de la relación entre la pasividad bíblica del pueblo elegido y las despiadadas reacciones contra el enemigo de Saúl, David y sus actuales herederos.
Ahora debo irme, que tocan maitines.
Saludos,
Teófilo