5 nov. 2006

Flavio Josefo y ciertas formas de la muerte

Mi queridísimo Teófilo,
¿Tiene usted ya en sus manos la copia de los textos de Flavio Josefo? Es de esperar que así sea...
Y si así es, y la copia obra en su poder, ¿qué le parece detenernos en estos párrafos?:
"Amigos míos, ¿por qué deseamos tanto darnos muerte? ¿Por qué levantamos la discordia entre dos cosas tan unidas como son el alma y el cuerpo? ¿Pretenderá alguien que no soy el mismo hombre de antes? Los romanos harto saben de esto. Es hermoso perecer en la guerra, pero según las leyes de la guerra, a manos de los vencedores. Si, por tanto, pido misericordia a los romanos, merezco morir por mi mano y con mi espada; pero si ellos consideran digno de perdonar al enemigo, ¿cuánto no más justamente debemos nosotros perdonarnos los unos a los otros? Gran locura es hacer a nosotros mismos lo que ellos intentaron. Confieso abiertamente que es brava cosa morir por la libertad, pero en la batalla y por los que procuran quitárnosla. Ahora nuestros enemigos no nos esperan en orden de combate y no nos quieren matar. Tan cobarde es el hombre que se niega a morir cuando debe, como el que lo pretende cuando pasó la sazón. ¿Por qué tememos presentarnos ante los romanos? ¿Nos arredra la muerte? Pues lo que tenemos miedo que nos den los enemigos, ¿lo buscaremos por ventura nosotros mismos? Diréis que seremos esclavos. ¿Somos muy libres en este instante? Tal vez digais que es cosa de varón fuerte matarse a sí mismo. Pero yo os aseguro que es de hombre muy cobarde, pues estimo que lo es el piloto que, temeroso de la tempestad, hunde el barco para evitarla. El suicidio es un crimen muy ajeno a la ntauraleza de todos los animales, ejemplo de impiedad contra Dios, Creador nuestro. No hay ningún animal que se de él mismo la muerte, que la busque por su voluntad. Ley común a todos es desear la vida, por cuyo motivo tenemos por enemigos a quienes atentan contra ella, y los que lo perpetran a traición son castigados. ¿No creéis que Dios se enoja mucho cuando una de sus criaturas maltrata lo que El le concedió? De El recibimos el ser; debemos, pues, también dejar a su voluntad el acto de arrebatárnoslo. Los cuerpos de todos los hombres son mortales y fueron creados de materia corruptible; pero el alma es inmortal, es la porción de divinidad que anima nuestros cuerpos. Si se destruye o se abusa de lo que un hombre nos dejó en depósito, somos tachados de pérfidos; si alguno expulsa de sus cuerpo este divino depósito, ¿imagina acaso que lo ignora Aquél a quien ofende? Nuestras leyes permiten castigar con justicia al esclavo que huye de su señor, aunque éste sea perverso. ¿Y procuraremos huir de Dios, que es el mejor de los señores, sin pensar que nos hacemos culpables de impiedad? ¿Ignoráis que los que acaban su vida naturalmente y pagan su deuda a Dios, cuando Este quiere ser pagado, gozan de eterna dicha y tanto su casa como su posteridad permanecen? Sus almas quedan puras, alcanzan un lugar muy santo en el cielo y vuelven, con el girar de las edades, a gozar de cuerpos limpios, mientras las de aquéllos que usaron sus manos contra sí mismos s en hunden en los más sombríos parajes del Hades, y Dios, su Padre, castiga a los ofensores en su posteridad. Por cuya razón Dios aborrece talos actos, y el crimen es sancionado por nuestro más sabio legislador. Nuestras leyes establecen que el cuerpo del suicida permanezca insepultado hasta que cierre la noche, siendo, en cambio, lícito enterrar aún a nuestros enemigos. Las leyes de otras naciones mandan cortar las manos de los muertos que las emplearon en arrebatarse la vida, reconociendo que lo mismo que el cuerpo es ajeno al alma, la mano es distinta del cuerpo. Por consiguiente, amigos, es necesario juzgar bien, y no añadir a las calamidades nacidas de los hombres una ofensa contra nuestro Creador. Si queremos salvarnos, hagámoslo; no será inglorioso lograrlo por medio de nuestros enemigos, a quienes hemos dado tantas muestras de valor. Y si nos decidimos a morir, será muy honroso hacerlo por las manos de los que nos prendan. No correré al campo de mis enemigos para ser traidor a mí mismo, porque sería entonces mucho más loco que los que de grado lo hacen. Estos procuran conservar sus vidas, yo lo haría en busca de mi propia muerte. En verdad deseo que los romanos me quiten la vida; si ellos me matasen habiendo prometido respetarme, moriré con alegría llevando conmigo su perfidia como consuelo más grande que la misma victoria."

En espera de su correo y con afecto inclaudicable.
Teófila.

1 comentario:

Teofilo dijo...

Teófila,
Josefo nos trae un alegato del suicidio que recuerda mucho a los argumentos que luego San Agustín de Hipona trajo a colación, determinando que incluso ciertas vírgenes que se suicidaron para evitar ser ultrajadas por el salvaje extranjero tampoco deberían ser veneradas, ya que el suicidio en ningún caso era para él justificable moralmente -sin perjuicio de que en casos extremos como estos los actos de las víctimas sean inimputables.
¿Por qué no me cuenta Vd. que la lleva a darme estas largas parrafadas en vez de hacer retorcer mis ya cansadas entendederas?
Saludos cariñosos, Teófilo.